Párrafo 2 tomado de la novela: KURDOS, UNA HISTORIA CONMOVEDORA

 


Párrafo 2 tomado de la novela:
KURDOS, UNA HISTORIA CONMOVEDORA
Por: Carlos Alberto Gómez Acuña


Durante las semanas siguientes, muchas veces la lloró en silenciosos momentos de terrible soledad, cuando no estaba enfrentado a la realidad de la guerra; por eso prefería el combate, con tal de no recordar su personal tragedia.

Sin embargo, en las noches frías del desierto de Siria, cuando el termómetro luchaba por evitar alcanzar un nivel por debajo de los cero grados y el viento helado soplaba sin remedio, escarchando la noche polvorienta y mortecina, como si fuera el precursor de un oscuro preludio a la yerma realidad del purgatorio, algún combatiente amigo, había alcanzado a escuchar varias veces, los sollozos de Adar, oculto tras unas cajas de municiones camufladas por una malla de color militar, que intentaban ocultar, no solo el contenido de esas cajas, sino también su manifiesta tristeza.

Con el tiempo, poco a poco su corazón comenzaba a cicatrizar, pero su memoria no colaboraba y la imagen de su amada, si bien iba siendo vaga, traía el recuerdo, aún persistente, de los momentos compartidos, y esas memorias hurgaban sin compasión en su sangrante herida, volviendo a desgarrarla.

Abatido y exhausto por el cansancio que produce la pesadez del alma plagada de nostalgia, en un momento de descanso, cuando se permitía respirar ligeramente el aire circundante, miraba hacia la nada sin mirar, sin interés por nada de aquello que se alcanzara a ver y sin siquiera la esperanza de querer vivir la vida.

No veía que más allá, iban sopladas por la gélida brisa, unas nubecillas de polvo que se levantaban a escasos centímetros del piso y barrían con desorden la explanada donde estaba asentado el campamento. No podía concentrarse en algo específico y en un momento dado sus ojos se posaron sin ningún interés en lo que acontecía a su alrededor, más no veía, simplemente existía sin sentir la vida que corría.

A pocos metros un par de soldados caminaban conversando animadamente con risas socarronas, mostrándose unas fotografías, al parecer de mujeres occidentales desnudas; más allá, un campero en mal estado, de color camuflado militar, tiznado de negras circunstancias y barro salpicado, con una llanta pinchada y un guarda-fango torcido y abollado, situado en frente de un edificio medio destruido, al que al parecer, le había caído un misil de alto poder y lo había dejado en ruinas, ahora peligrosamente recostado en su lado derecho, sobre un montón de ladrillos desparramados en la acera, que intentaban sostener en pie, sin mucho éxito, la estructura tambaleante de la moribunda construcción.

Pasó un perro callejero, pintado con el color del polvo y de la mugre, con la apariencia de un espectro macilento y de andar nervioso; cruzó la calle como intentando escabullirse velozmente de un posible ataque de algún fantasma desorientado que se hubiera cruzado en su camino. Todo era irreal, y más bien profundamente surrealista y todo estaba proyectado como la imagen de un apocalipsis olvidado por el sentido común.

En ese justo momento, Adar comenzaba a sentir que la sordidez nacida de la urgencia de venganza, se cocinaba en sus entrañas.

Carlos Alberto Gómez Acuña.

Fotografía de KatarzynaBialasiewicz. / Canvas

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