Cuento: DE AMORES TRAGEDIAS Y REVOLUCIONES. Por: Carlos Alberto Gómez Acuña





CUENTO GANADOR DEL PRIMER PUESTO EN EL
XXIII CONCURSO DE CUENTO RAMÓN DE ZUBIRÍA.
(AÑO 2018)
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CUENTO
DE AMORES, TRAGEDIAS Y REVOLUCIONES
Por:
CARLOS ALBERTO GÓMEZ ACUÑA

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Cuento:
DE AMORES, TRAGEDIAS  Y REVOLUCIONES 

2 de Octubre de 1968, Ciudad de México.

Ese trágico día, si el destino hubiera querido un desenlace diferente,  Stjepan debería haber estado a miles de kilómetros de distancia en su hogar en París; pero por una confabulación de la fatalidad, se encontraba en el centro de Ciudad de  México, justo en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco. Hacia un par de días había llegado con el fin de asistir a un evento de la facultad de Ingeniería en el que participaban estudiantes de varias Universidades del mundo. Era un seminario taller sobre Cálculo de Estructuras Antisísmicas, en la Universidad Nacional Autónoma de México. En  un momento de recreo y descanso, un amigo mexicano, ingeniero también, le sugirió acompañarlo a una manifestación política que se iba a llevar a cabo en dicha plaza.  

Era una época en que se preveían grandes cambios sociales promovidos por la juventud de la época, a escala mundial, comenzando por Francia, donde las revueltas comenzadas en el mes de Mayo de ese mismo año, estaban sacudiendo las estructuras políticas y sociales vigentes, o al menos eso creían.

Aquel día,  el joven Stjepan, estudiante de último año de ingeniería y profesor asistente, en la Universidad Pierre y Marie Curie de París, estaba en el lugar y el instante equivocados, en medio de una marejada humana de manifestantes con intenciones tumultuosas, que sugerían la posibilidad de tumbar al gobierno del entonces presidente de México, Gustavo Díaz Ordaz; quien ya había ordenado la represión, a sangre y fuego, del movimiento de protesta. En un primer momento solo se escuchaban las consignas sobre victorias insurgentes, vitoreadas por coros de voces incendiarias; luego comenzaron los estampidos de las armas que aturdieron a todos los presentes. Pero ya el destino implacable había firmado sentencia, y ese día, el tiro disparado al azar por un aterrado soldado raso de infantería, entraría por un orificio limpio en la región occipital y saldría por delante, destrozando el hueso frontal, después de romper meninges, tejido cerebral, materia gris, vasos sanguíneos y más huesos. Se llamaba  Stjepan Serkovic, era de origen yugoslavo croata y murió en forma instantánea. Su cuerpo quedó tirado en el asfalto, en un escenario nebuloso de maderas y escombros  humeantes, de barricadas fallidas que ya habían sido superadas por la fuerza pública.

Ocho meses antes. París, febrero de 1968.

Eran la cinco de la tarde de un inclemente día de invierno en París. Los arboles sin hojas, con apariencia de lúgubres chamizos, soportaban el fuerte clima con estoicismo, estando expuestos  al viento  y la nieve, sin más protección que su propia fortaleza interior, atados a la esperanza de que pronto el clima cambiaría y comenzaría a calentar, y en pocos meses, estarían nuevamente frondosos; pero mientras tanto, debían ser solo ateridas estatuas de gélida apariencia.

André Rossi  llegó caminado, encogido entre su propio traje, y entró buscando la cálida protección del  Café. En aquel momento, el Café de Flore era un  febril hervidero de intelectualidad, con densos y humeantes aromas de café, cigarros, cerveza, whiskey, ron y quizás también, algo de pestilentes tufillos a seres humanos hacinados en pequeños espacios de vidas complejas  y escasa supervivencia. Era también un tradicional centro de referencia y punto de encuentro  de periodistas, existencialistas, anarquistas, y unos cuantos revoltosos de oficio que ya quisieran ser reconocidos como flamantes revolucionarios comunistas y quizás solo  fueran simples abortos socialistas incipientes, ligados a cualquier revolución de izquierda, o a lo mejor solo simples admiradores colaterales de la revolución bolchevique de Octubre del 17.

Sentado frente a una mesa en un rincón del salón, André escuchaba atentamente las conversaciones, en solitario silencio, solamente acompañado por un humeante café, envenenado con un trago doble de ron cubano, que sorbo a sorbo iba calentando sus entrañas y le producía una rara euforia bastante extraña en él, siempre tan parco de palabras, más no de escritos. Escuchaba y se iba enterando de lo que sucedía en el mundo. Por esos días, ya se cocinaba la gran revolución que explotaría estridentemente en el próximo mes de Mayo de aquel año 1968, aunque todavía nadie lo sabía. Si, nadie podía saber lo que sucedería en los próximos meses, acerca de ese fuerte estornudo parisino, que contagiaría de virus insurgente a toda la Europa de la época y que  se vería propagado al resto del mundo. En las mesas de aquel  emblemático café se hablaba de la inconformidad con el gobierno del presidente De Gaulle, por múltiples factores, entre los que se podía contar el recuerdo de la inmisericorde  y represiva política colonial del gobierno francés en Vietnam, con la aquiescencia del gobierno americano, quienes subrepticiamente habían apoyado a los franceses, mientras engañaban con mensajes lisonjeros, a los gobernantes independentistas vietnamitas, intentando negarles toda posibilidad de alcanzar la independencia soberana en su país, hecho que desencadenó la tristemente célebre guerra de Vietnam, en pleno apogeo por esos días, y en contra de la cual estaba la juventud francesa. Así mismo, también estaba fresco en la mente de los jóvenes el recuerdo de la terrible política colonialista del gobierno francés contra el pueblo de Argelia, la cual tuvo su peor y más terrible auge, en la cruenta represión de la manifestación pacífica de los argelinos en Paris en 1961, y la matanza de los manifestantes,  y peor aún, cuando los gendarmes arrojaron los cuerpos inertes al Sena para ocultar el crimen. La chispa original había surgido de la mojigata  y anacrónica política  de las directivas de la Université Paris Nanterre, de  separar a las mujeres de los varones, prohibiendo el acceso de los jóvenes a los aposentos de aquellas; y por el contrario, tanto en Europa como en Norteamérica, ya comenzaba la época del Amor Libre. Al intentar reprimir esta protesta cerrando  la Universidad, surgió una respuesta peor y fue la metástasis que se manifestó en la Sorbonne Université, arrojando más combustible a la ya incendiada sublevación, con mayores consecuencias. Los jóvenes también estaban en contra del estilo de educación de las Universidades francesas, que solo servían para suministrar mano de obra y empleados calificados baratos, a las empresas capitalistas, según sus intereses de lucro, en detrimento de su función social; y por parte del gobierno, la política vigente de protección de  las inversiones y fortunas de los más pudientes, permitiendo sueldos bajos y creando condiciones de vida lamentables para la clase obrera.

En el Café de Flore, André, escritor de oficio, y muy interesado en obtener información para sus crónicas y relatos, iba tomando nota de todo lo que escuchaba. De pronto, volvió sus ojos hacia una chica muy particular, a unos cinco metros, sentada en una mesa con un grupo de altisonantes jóvenes de aspecto hippie, que vociferaban planteamientos insurgentes e ideales marxistas, haciendo acopio de valentía y asegurándose de tener las suficientes razones para ir a la calle y armar una revuelta. 

Se fijó en ella con detenimiento; tenía un cuerpo más bien ausente de carnes, y algo falto de peso, pero bien proporcionado; era una chica menudita como una pequeña mariposa, pero de personalidad fuerte, por lo que alcanzaba a escuchar. Su pelo recogido en un moño amarrado con un caucho, su cara lavada y con indicios de no haber conocido nunca lo que era el maquillaje; pero tenía algo indefinible que la hacía tremendamente atractiva, era algo en la vivacidad de sus ojos, en su sonrisa, en sus movimientos agiles y en un halo de especial energía y agudeza, que se adivinaba más allá de su notoria sencillez, y al parecer, era ella quien lideraba el grupo con férrea decisión.

 A pesar de que había planeado estar un corto tiempo en el café, André decidió quedarse un poco más, y pidió una copa de  Champagne Devaux D Rosé.
Muchas de sus miradas iban dirigidas a la mesa de los chicos donde estaba sentada ella, aunque intentaba no quedar en evidencia; más sin embargo, la chica comenzó a caer en la cuenta que el hombre de aquella mesa en el rincón, volteaba con frecuencia a mirarla y comenzó a intrigarse y a preguntarse quién sería. En un momento dado reparó en él con más detenimiento para confirmar su juicio, y pudo percatarse de que era un hombre alto, bastante atractivo, relativamente maduro, calculó, entre los 40 y los 45 años; un poco mayor para ella que rondaba los 32, aunque, pensó para sí misma, que eso no era problema. Tenía un semblante distinguido y  parecía ser un ejecutivo de negocios o un empresario, con una indumentaria informal, pero elegante.

Él no pensaba que fuera tan decidida y arrojada, cuando la vio ponerse de pie y dirigirse en línea recta hacia él, y se le plantó de frente… — ¿Quién eres tú? —dijo la chica.

Él torció ligeramente la boca en una sutil sonrisa socarrona y contestó: —Soy Bond… James Bond  —dijo  eludiendo la respuesta en  broma. — ¿Y tú quién eres? —preguntó Andrés:

—Yo soy el verdugo de María Antonieta, y estoy con muchas ganas de cortarle la cabeza a usted también, si no deja de mirarme — respondió la chica, aparentando estar incómoda con la burlona respuesta.

Él no pudo menos que reír de buena gana ante la sorpresiva salida de la chica.
Él podía ser cualquiera. En el Café de Flore se mezclaban los intelectuales y los ejecutivos, los ricos y los pobres, los elegantes y los desaliñados, los exitosos y los fracasados. Incluso, alguna vez, un mesero había descubierto a un espía; uno de mentiras, un actor, uno que en el periódico decían que se llamaba Thomas Sean Connery; el mismo, ahí sentado en una mesa y había pedido al barman un trago especial, estaba  tomando un Dry Martini, muy helado, como si estuviera emulando al personaje que representaba.

—Permítame invitarla a un Dry Martini, para conocerla mejor, antes de que me corte la cabeza —dijo André, mientras con la mano le indicaba al barman que se acercara.

—Oh, pero este me salió adelante —dijo la chica, entre dientes, y lo suficientemente alto para que él oyera, y agregó:

—Ok, acepto, quiero un Dry Martini,  pero uno perfecto, al mejor estilo de James Bond.
 André, cuando se acercó el barman y le dijo:

—Hágame un favor: quiero que siga mis instrucciones para preparar el mejor y más sofisticado Dry Martini que le voy a indicar: Por favor, tome nota —y a continuación, le dio la receta del Dry Martini perfecto

—Ahora bien, —dijo la chica— ¿Me gustaría saber de una buena vez si en verdad es usted un espía del gobierno, que viene a este café a detectar revolucionarios comunistas para aprontar un sumario de cargos y tomar elementos de juicio para montar operaciones de represión contra estos muchachos? ¿O no le parece un poco insinuante su presencia en este  sitio? pues le quiero contar, que tiene usted toda una imagen de policía, disfrazado de parroquiano, que difícilmente puede ocultar.

—Mire señorita “como se llame”; —ripostó André sonriendo —yo simplemente soy un escritor de crónica literaria y vengo a este lugar a encontrarme con el ambiente intelectual de mi agrado, y también, no lo niego, vengo a socavar información rica para mis libros y novelas y tal vez tomarme una buena copa en compañía de una mujer muy atractiva como usted, pero en paz, lo que mucho me gustaría. Sin embargo me pregunto: ¿No será más bien, que usted está nerviosa y paranoica por que eventualmente está preparando una revolución con tintes de enconada sedición y claras intenciones de armar una insurrección para derrocar al gobierno?  Porque le cuento, —continuo André —lo que se oye en su mesa es claramente sedicioso y subversivo; y si de verdad los escucha un espía enviado por el gobierno, los van a manda a prisión en cuestión de minutos; así que le aconsejo cuidar sus palabras o bajar el volumen.

Afuera las sombras de la noche habían caído sobre la ciudad y una helada ventisca de agua nieve, azotaba las calles sin el más mínimo asomo de misericordia, congelando los insuficientes  abrigos y haciendo muy arduo el regreso de las gentes a sus hogares. En el Café de Flore, el vaho de la respiración opacaba los ventanales y servían de tablero experimental para que algunos comensales dibujaran sus sueños y sus pesares.

Luego de un rato, André y la chica habían congeniado bastante y seguían departiendo, y lo hicieron durante muchas horas, hasta bien pasada la medianoche. Tuvieron tiempo de conocerse más al contarse anécdotas, familiaridades, labores, emprendimientos, éxitos, fracasos, sueños y realidades. La atracción inicial se hizo más profunda; se diría que fue amor a primera vista; un gran amor de una noche… una sola noche… esa sola noche en ese sitio. Pasada la una de la madrugada se despidieron con un beso en la mejilla, prometiendo encontrarse nuevamente ahí mismo. Realmente la chica lo había impresionado. Pero no la volvió a ver…

- O -

París, 6 Mayo de 1968.

A mediados de esa cálida primavera, reinaba el caos en París, en medio de  agitados días y rebeldes acontecimientos, marcados por las manifestaciones estudiantiles y la huelga general de las centrales obreras que apoyaban la insurrección general. Aquel día, el Barrio Latino era escenario de fuertes manifestaciones por parte de estudiantes de las Universidades de Nanterre y La Sorbonne, las cuales habían sido clausuradas, esperando con ello calmar los ánimos, pero, por el contrario, lo que sucedió fue una revuelta generalizada, a la cual luego se unirían diez millones de operarios de las fábricas, comenzando por los de la automotriz Renault. Todo era confusión en Francia, y el gobierno,  presionado por la creciente revolución, llamaba a elecciones anticipadas, como una salida para evitar una catástrofe de enormes proporciones. Sin embargo, en las semanas siguientes, poco a poco la normalidad fue regresando y lo que originalmente se consideraba una verdadera revolución, se fue convirtiendo en lo que dio en llamarse una revolución fallida. En sus comienzos los participantes de la revuelta del 68, denominados soixante-huitards (los sesenta y ochos), proclamaban discursos marxistas de cambio de las estructuras sociales, políticas  y económicas del país, Querían crear una sociedad anticapitalista, sin clases sociales, sin explotación patronal, y sin intereses utilitarios privados, pero eso no se dio y luego esos discursos fueron opacados por intereses diferentes; y la revolución política y económica, se convirtió en una revolución social, más interesada en logros de placer y de mayor consumo, simplemente aspirando a niveles salariales más altos y mejores condiciones laborales. Las aspiraciones revolucionarias quedaron  reducidas a algo que se logró en materia de aumentos salariales y menor número de horas laborables para los obreros y nada más; sin embargo, a la larga, en un futuro lejano, este sería el nacimiento de un equilibrio sostenido entre las corrientes de izquierda y derecha, buscando mayores oportunidades para beneficio de todos.

André no había vuelto a ver a la chica… Pasó el tiempo, terminó el verano, llegó el otoño y luego el invierno y pasaron muchos meses más; y fueron muchas las veces que con ilusión regresaba al Café de Flore para tratar de encontrarla, y nada; y lo que más le mortificaba era que no le había preguntado su nombre, embebido como estaba en la conversación, y ahora no tenía forma de ubicarla. Se había ilusionado con ella; recordaba sus ojos, sus facciones, ese timbre de su voz, entre descarado y enigmático, pero con la fina delicadeza que brota de una bella sinfonía, y contradictoriamente, también destacaba lo que parecía la firme resolución de una ejecutiva pragmática decidida a lograr todo lo que se proponía. Ahora no tenía forma de encontrarla y pasaron los días, días lentos y pesados, días tristes y desolados, días vividos en medio de la incertidumbre  y la ilusión de encontrarla. Fueron muchas las veces que preguntó a alguien si la recordaba o si la conocía, y nadie daba una referencia concreta.

Pasado un año y ocho meses, desde aquel día de febrero en que la había visto por primera y última vez, ya los árboles nuevamente se pintaban con los bellos colores de un nostálgico otoño, con sus amarillos, naranjas y ocres, que hacían juego con el suave frio que comenzaba a sentirse, y con las ropas que empezaban a tornarse más abrigadas. André casi había olvidado el episodio con la chica, y había intentado guardar el recuerdo del evento, en el baúl del olvido donde estaban hacinadas sus memorias más sentidas.

Sin embargo, por aquellos días, sucedió que una tarde memorable, siendo las cinco, se encontraba en el Café de Flore, frente a su tradicional taza de café caliente, a la cual le había agregado la ya habitual copa de ron cubano. Él no se percató al comienzo, concentrado como estaba, en la lectura de un libro de cuentos de un escritor chileno.

Sin nada que lo pudiera anticipar, levanto distraidamente la vista y fue cuando la vio… la vio llegar con paso cadencioso… Si, era la misma chica muy particular; la que había grabado en su mente una imagen imborrable que no había podido desterrar del todo y que se resistía a quedar relegada en el cajón de los olvidos, por más esfuerzos que él había hecho. Se acercó caminado de frente hasta su mesa, no  saludó  y se sentó en la silla a su lado, silenciosa y quieta... Un dejo de tristeza y nostalgia había en su mirada, pero contradictoriamente se notaba ilusionada de volver a encontrarlo; algo en su mirada y en una sutil y fugaz sonrisa que se escapaba por la comisura de sus labios, se lo decía en silencio. Él no le preguntó nada; guardaron silencio un largo rato hasta que llegó el mesero a preguntar por la orden. Él pidió un par de Dry Martinis muy helados, ella no dijo nada.

De pronto ella rompió el silencio y le contó de la muerte de su novio hacía algún tiempo, cuando una bala disparada al azar en un revuelta en México, le había destrozado el cráneo. Había sido asesinado en medio de una revuelta callejera en los días de las asonadas en el mes de octubre del año anterior, Esto lo dijo sin lágrimas, con la voz seca y en sus ojos la expresión de alguien que ha sido endurecida por la vida... Ahora ella ya no quería hablar más de política, ni de revoluciones, ni de huelgas, ni de nada. Le dijo que solo quería vivir en paz y de ser posible, poder retirarse a un lugar alejado, cerca del fin del mundo. Quería dedicarse a su profesión como profesora de preescolar.

— ¿Y cómo te llamas? — Camila Beaumont, ¿Y tú cómo te llamas?

— Andrea Rossi, pero aquí me dicen André; ¿Y de dónde eres?

—De Calais, en la costa norte de Francia; —Respondió Camila — ¿y tú de dónde eres?

—De Florencia, Italia, pero hace ya siete años que vivo aquí en París.  

¿Sabes?— repuso André— Me dolía no haber sabido tu nombre. Te busqué, te esperé, te pensé y casi me desesperé por encontrarte; ya había perdido las esperanzas. ¿Dónde estabas? 

—En ningún lado;  simplemente no podía encontrarme contigo— dijo ella —tenía un compromiso sagrado, una relación muy hermosa y era algo que no iba a romper por nada del mundo. Él se llamaba Stjepan, Stjepan  Serkovic; era de origen yugoslavo de la región de Croacia; era un estudiante de último año de ingeniería, con un brillante futuro por delante y estaba comenzando a ejercer como residente de obra.  Luego, después de sucedida la tragedia, yo no estaba en condiciones de verte, pues estaba segura que contigo iba a comenzar una relación, y no podía permitirlo mientras no transcurriera un tiempo prudencial para poder realizar el duelo.

En los siguientes meses se desarrolló un vínculo entre ellos. Llegó nuevamente la primavera, y el futuro se tornó prometedor. Decidieron irse a vivir juntos en un acogedor apartamento localizado en el número 46 de la Rue  Servan del Distrito XI de Paris, a una cuadra de la Avenue de la République.

Cierta noche, departiendo en el Café de Flore,  André le comentaba a Camila: —Me estaba acordando de aquellos días de la revolución de mayo del año antepasado;  lo curioso es que prácticamente ni te conocía, pero estaba seguro de que no podía dejarte pasar y perderte.

Afortunadamente nos volvimos a ver; ahora todo marcha como debiera y ha sido lo mejor para mí. —Cierto. —Concluía Camila —volvernos a encontrar también ha sido lo mejor para mí.

Luego, salieron  caminando tomados de la mano y la frescura de la noche los acogió.           

FIN

Carlos Alberto Gómez Acuña



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