Parrafo tomado del libro: RELATOS DE AMORES CLANDESTINOS. Por: Christian Schneider A.




6.

EN UNA EPOCA LEJANA…

 

Matthew seguía ensimismado con el recuerdo de su mencionada historia y sus amigos lo observaban con comprensión. Ahora todos desviaban las miradas como si un encuentro de sus ojos, tal vez equivocadamente, hubiera puesto en evidencia sus propias sensibilidades emocionales, y esto pudiera ser visto como una debilidad por sus compañeros.  

- Alejandro con la mirada puesta en el otro extremo de la calle, fuera del local del café, pero sin mirar nada en particular, evoca algunos recuerdos y le comenta a sus amigos.

- Me vienen  recuerdos desde una época muy lejana, como si fuera hoy.  Han pasado más de treinta y cinco años… Voy a leerles aquí en mi Tablet un capítulo de un libro[1], donde está consignada una experiencia personal, mía.

Lee Alejandro: 

Año 1975.  Vuelvo a la juventud; tengo veintitantos años, estoy en la Universidad. Comencé estudiando Economía y ahora estoy en Administración, voy en cuarto semestre… Me casé a los 19 años y  tengo dos hijos preciosos.

Pero una noche, una noche de confabulaciones cósmicas elaboradas a mis espaldas por quién sabe quién, iniciando semestre, estamos en un cambio de clase. He bajado a la cafetería central en la Universidad, con unos compañeros, a tomar un café. En ese momento alcanzo a observar a la perfección  total enfundada en un vestido rojo muy elegante, sentada en una mesa a diez metros de la mía. Es demasiado elegante, zapatos de tacón alto, veinte años, pelo oscuro, piel muy blanca, muy alta. Y absolutamente perfecta. A los dos días ya he averiguado todo: Trabaja en la embajada Británica, está en primer semestre, en la misma facultad mía. Tiene auto, vive en el norte de la ciudad igual que yo, y es de clase, tiene estilo.

Los siguientes dos años fueron de obsesión. No de amor sino de obsesión, sublime obsesión. En los corredores de la facultad: ahí viene con su caminar de Diosa, con su elegancia intachable, con su porte impecable y seguro y con su excelencia académica.

Una noche estoy en pleno examen parcial de alguna materia complicada. Algunos compañeros terminan su examen y salen afuera, al corredor, a cotejar las respuestas unos con otros. Ya estoy terminando y oigo un grito afuera. Algún bromista desocupado me grita…

¡Alejandro!… ¡Alejandro!… ¡Salga rápido… Rápido!…

¡Tenía que ser el maldito del Mauricio! ¡Por qué no cierra la jeta!

Otros que ya me conocen bien, se ríen en coro. Ellos saben lo que pasa: ahí viene ella y no desean que me pierda el espectáculo. Dicen que ella también alcanza a oír al maldito chistoso, y sonríe…

Nos fuimos haciendo amigos poco a poco, a pesar de la barrera infranqueable edificada por el  miedo que produce el hacer o pensar lo que no debe ser, eso que se siente cuando uno está casado y lo invade una obsesión secreta por alguien. Muchas veces yo no llevaba el carro de mi casa y me iba en el suyo; algunas otras comenzó a venir a mi salón al terminar las clases, para preguntarme si había traído carro y si iba hacia el norte de la ciudad, o también, yo iba a su salón; así forzadamente coincidíamos para irnos juntos; en su carro. ¿Marca?... ¿Placa?... Aún hoy los recuerdo claramente, pero eso es reserva del sumario. Una clave: excepto por un número, era igual al número militar de MASH… la serie de T.V.; una referencia a la guerra.

Fueron, muchas veces, los veinte minutos más felices, más emocionantes, más contradictorios y más apasionantes de mi vida en esa época.

Pero un día no fue a la Universidad. Pasó la semana y no había ido.

Yo le había prestado un libro de texto, unas semanas antes, de manera que ese viernes la llamé para preguntarle por su salud, por su ausencia y por el dichoso libro, el cual necesitaba para un examen que se efectuaría a la semana siguiente.

Me dijo que se había retirado de la Universidad; se casaba en quince días. El alma se me fue al infinito, y  me caló el frio helado de la noche…

Al día siguiente fui a su casa a recoger el libro. Hablamos un rato, me dijo que se casaba con un médico. Yo le dije, falsamente, que la felicitaba, que yo tenía un buen concepto del matrimonio, que yo estaba casado desde hacía dos años y que me había ido bien. Ella abrió sus ojos enormemente: ¿Tú eres casado? Ya qué importaba, ya no era necesario ocultarlo, ya ella no podía ripostar a esa afirmación, ya no podía sentir molestia, no había derecho a nada. Sólo habíamos sido amigos, nada más. Si bien nunca me había preguntado al respecto, yo tampoco había sentido la necesidad de hablar de ello. Y ahora no había lugar para ese tema.

UNA CELEBRACION INOLVIDABLE Y TRISTE

Exactamente quince días después: Son las 9:30 de la noche y hace un rato salimos de clase. Es viernes. Algunos amigos ya conocen la historia y me acompañan esa noche como si fuera un velorio; un velorio en un bar. Nos encontramos en una taberna, justo frente a su casa. La avenida está repleta de autos elegantes, es la noche de la entrega de regalos y nosotros estamos justo frente a su casa. Ella no lo sabe, pero después sí se enteró. Varios años después yo mismo le conté de aquella noche de tragos, de música, de tristeza, de dura experiencia, al otro lado de la avenida, en el centro comercial frente a su casa, el día anterior a su matrimonio. Celebrando lo inevitable.

Recuerdo que en la taberna había un músico tocando algo y le asaltamos la guitarra. Comenzamos a tocar y a beber… A cantar y a recordar en una noche inolvidable. Tantos momentos vividos con mi amiga Patty, como amigos. Amigos con un secreto en el alma.

LOS AÑOS PESADOS:

Los años siguientes fueron pesados, desmotivados.

No tenía mayor interés en ir a la Universidad; terminar la carrera era un suplicio, pero había que hacerlo, El titulo era imprescindible y entonces los recuerdos en los corredores, el parqueadero, la cafetería… tantas noches. Fue lo más duro de aceptar.

Y el tiempo fue pasando lentamente... Tal vez tres años pesados que se alejaron en la distancia, pero que no alcanzaron a borrar totalmente las obsesiones juveniles. Ahí comenzaron a salir los primeros surcos en mi rostro, y las primeras líneas blancas en mí pelo.

LOS MATRIMONIOS TAMBALEAN

Alejandro continúa su relato…

Tal vez fueron otros tres años los que pasaron, no recuerdo con claridad. Me enteré que su matrimonio no había marchado bien, tal vez fue ella misma quien me lo contó; el mío estaba en plena crisis. Hablábamos cada seis meses, yo la llamaba para saludarla, para preguntarle cómo estaba, por su vida. Tenía un temperamento fuerte, a veces estaba cariñosa, otras era muy odiosa. Nunca entendía como era, sus motivaciones, sus cambios de comportamiento. Simplemente me alejaba otro tiempo.

Un día la invité a cenar. Recuerdo la cena, un restaurante italiano, el Piccolo Caffe. Hablamos mucho. Me comentó que la famosa fiesta de la entrega de regalos había sido aburridísima. Yo le conté que nuestra fiesta en la taberna del frente había estado espectacular; muy triste, pero espectacular. Me dijo que, desde la perspectiva actual, ella hubiera preferido, toda la vida, estar en nuestra fiesta esa noche.

Volvimos a alejarnos. Yo estaba en crisis y no era el momento adecuado para hacer ruido externo a la situación de mi matrimonio: o se resolvía o se terminaba. Pero sin ruido.

ALGUNOS RECUERDOS INOLVIDABLES Y SECRETOS

Algún tiempo después, me separé de mi primera esposa… Varios meses.

Tomé un apartamento, bonito agradable. Y la llame.

Por esos días coincidimos, sin proponérnoslo, en una ciudad turística del Caribe. Yo estaba de negocios y ella estaba de vacaciones con su familia. (Sus padres y las dos hijas). Cuando lo supe, me trasladé del hotel, en la ciudad, al resort donde ellos se alojaban y pasamos unos días increíbles; realmente fuimos pareja con hijos en ese momento. Sus padres eran adorables. Sólo éramos amigos, pero parecíamos pareja; las niñas me trataban como a un padre. Recuerdo con afecto a su padre: en la hora del happy hour en el hotel, él me proponía ir al bar y nos tomábamos nuestros traguitos, mientras las señoras se arreglaban y cuando llegaban nos regañaban, por parejo, como a dos pícaros muchachos… Era muy agradable.

También en esa ocasión fuimos a un circo con sus dos hijas. Estuvimos juntos toda la tarde, en la noche continuamos juntos, en casa de sus padres. Acostó a las niñas y seguimos hablando. Llegaron las 3 de la madrugada, y seguíamos hablando.

A esa hora, no recuerdo muy bien cómo, pero de pronto nos besamos apasionadamente: Había llegado el momento de las realidades; ya no era el de las ilusiones y las obsesiones.

 

 

INTENTANDO SALVAR EL MATRIMONIO

Al día siguiente caí en cuenta que había dejado mi billetera olvidada en su casa y fui a recogerla. No tengo claro qué pasó aunque me quedó la sensación de que ella suponía que con los acontecimientos del día anterior ya habíamos iniciado una relación formal. Yo no estaba en mi mejor momento. Aún a pesar de mi separación, porque me encontraba en plena crisis con la determinación de terminar mi matrimonio; existía la posibilidad de regresar a casa con mi ex – esposa y mis hijos.

Yo no podía mentir. Sin proponérmelo algo debí decir que la molestó… Y justo dije algo que la molestó. Volvimos a alejarnos. Yo regresé a mi antigua casa en donde se suavizó la crisis de mi matrimonio. Por un tiempo más…

Pasaron tres años más. Aproximadamente cada seis meses volvía a llamarla, unas veces estaba cariñosa y otras odiosa.

Un tiempo después, tal vez había pasado otro año, me encontraba en viaje de negocios en una ciudad costera, donde estaba nacionalizando, en el puerto, unos vehículos de la compañía para la que trabajaba; yo era Gerente de Ventas de una concesionaria automotriz. El proceso de desembarque de los vehículos, entrada y salida de zona franca y la nacionalización, duraba unos diez días y me cogió el fin de semana en dicho sitio.

Mi hotel quedaba en la zona turística de la ciudad y el día sábado estaba caminando por la playa, cuando alcancé a ver una persona en bikini, con lentes oscuros. Me pareció recordarla… Venía del mar, venía hacia mí de frente y la reconocí; era ella.

Me parecía imposible esa nueva coincidencia: una ciudad tan lejana, en el Caribe, en una playa llena de gente, a media mañana y nos encontramos; tal vez me vio desde lejos, venía derecho hacia mí, se plantó de frente haciéndome detener y me saludó. Yo estaba sorprendido.

LA CAUSALIDAD DE UN FINAL AGRIO

¿Era una casualidad? ¿O era una causalidad? En aquella época no tenía conocimiento de los temas profundos, no era una época de meditación, Era una época de inconsciencia, no tenía contacto alguno con mi Ser.

Esa noche nos encontramos y fuimos a cenar. Pero no fue el mejor momento, pues había algún resentimiento de su parte o, simplemente estaba en un momento malo. Quizás yo continuaba resistiéndome a dejar fluir la vida como pudiera ser.

El final. Un día, en alguna llamada, le comenté que había nacido mi tercer hijo, que continuaba casado. Y esa fue la última vez que oí de ella, nunca más la vi, le perdí el rastro. Ya no tengo sus teléfonos, ya no tengo donde ubicarla, ya pasaron muchas otras cosas…

Año 2008.

Han transcurrido veinte años más desde la última vez que la vi; esa es la edad de mi hijo menor, hace mucho tiempo me divorcié; ya me casé de nuevo. Hoy en día tengo una esposa genial. Pero quedan los recuerdos lejanos, distantes como los “Pabellones lejanos” que a pesar del tiempo, aún ondean al viento. Tal vez por siempre…



[1] Este capítulo esta tomado del libro: ENTRE EL SILENCIO Y LA QUIETUD, de Christian Schneider Abushihab, Editorial Windmills Editions, 2010.

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