Novela: SOL DE MEDIANOCHE EN REIKIAVIK - Primer Capítulo:
Novela:
SOL
DE MEDIANOCHE
EN REIKIAVIK
Capítulo
1
Un
ataque fallido.
Año 794 d/C.
En algún lugar
del Mar del Norte, entre Britania y Escandinavia.
Fue una batalla que parecía
haber durado una eternidad, no tanto por el tiempo, sino por el sufrimiento de
saber, desde el primer momento, que ya estaban perdidos, y al final, como
pronosticaban, efectivamente habían sido vencidos. Pero lo peor… le dolía
enormemente que su hijo, Gardar Arensson,
un joven guerrero, prometedor, de no más de diez y nueve años, había caído en
dicha batalla al ser atravesado de lado a lado, por una jabalina lanzada por un corpulento y rechoncho britano,
macizo como un caballo de tiro, que vio la oportunidad de atacarlo por la
espalda y sin modo de defenderse.
Aren Baardsson,
nombre cuyo significado era: “El que reina como un águila”, padre de Gardar, era un guerrero vikingo, cuyo
aspecto, por su altura y fortaleza, recordaba a un gigantesco armario de pesada
madera de ébano, aunque de calculados movimientos felinos, ahora venía cubierto
de golpes, cortes y mugrientas manchas sanguinolentas ya secas, cual condenado a muerte, luego de una sesión de tortura, pero en este
caso, un deplorable estado producto del fragor de una batalla que lo dejaba pensativo,
estando inmune a sus dolores corporales, más no a sus aflicciones
emocionales, apostado en la proa de un
gran drakkar, huyendo desde Britania,
junto a sus taciturnos compañeros, y acercándose a las costas de Dinamarca.
Muchos de sus
compañeros guerreros vikingos, habían muerto en combate y los sobrevivientes
del asalto, habían huido hacia la protección del Mar del Norte, siguiendo la
ruta de sus antepasados nórdicos, hacia los fiordos de Escandinavia, donde
quedaba su hogar.
En aquel momento sus
reflexiones estaban manchadas con los colores de la amargura, y en su rostro se
dibujaba una mirada que observaba con ojos acuosos, un paisaje que se le
antojaba melancólico, más con la certeza
de saber que los vikingos no eran invencibles y que podían ser derrotados en
batalla, por unos hombres que en principio él había considerado frágiles.
El
anochecer de aquel verano, estaba pincelado de colores ocres y anaranjados,
tachonados de azules y violetas, muy propios del paisaje británico, pero
también una visión muy normal en plena medianoche del verano nórdico.
Era el comienzo de la
era vikinga, en un escenario donde aparecía la imagen del bello Sol de
Medianoche, en una época cruenta y primitiva. Una situación desafortunada
donde, al abrigo de la penumbra, venían huyendo de aquella escaramuza, cuando
las cosas no habían salido bien y lejos de haberse podido hacer a un botín de
guerra, el grupo de guerreros vikingos había salido mal librado en su intento.
En sus mentes se
bosquejaba la estampa
de un fiordo muy familiar, donde los
esperaban seres queridos y donde podían encontrar bálsamo para sus heridas
físicas y emocionales y un merecido descanso.
Sin embargo, luego de
unos días, aún recordaban que muchos de sus mejores amigos y camaradas de
múltiples batallas, habían quedado en el campo de combate, allá en el reino de Northumbria, al noreste de la Britania, en
el Monasterio de Jarrow, a orillas
del rio Tyne, por el que entraron
desde el mar, con sus naves de bajo calado, hasta llegar a las puertas del mencionado monasterio.
En aquel año, ya el
monasterio de Jarrow se encontraba fuertemente
protegido contra ataques de las hordas escandinavas, después de una primera
incursión, sucedida el año anterior, donde los asaltantes vikingos, habían
saqueado y asesinado a su antojo, a decenas de monjes indefensos, en el
Monasterio de Lindisfarne, cerca de
ahí.
En la mejilla de Aren, una lágrima que luchaba por
brotar, no lograba concretarse a pesar de que lo atormentaban pensamientos de
desilusión y de fracaso. La imagen de su amado hijo, tendido en el campo, con
una lanza atravesada en su pecho, lo obsesionaba con intervalos de dolor y
ansias de venganza; quería gritar, sin embargo, su recio carácter era más
fuerte que sus calvarios emocionales y su rostro impasible, parecía mostrarse
ausente de sentimientos y continuaba
seco como un árido desierto.
Dentro de sí, detrás de
sus azules ojos, marcados con tatuajes de inconsciencia, en un resquicio muy oscuro
de su mente, se alcanzaba a adivinar un inmenso ardor de sorda rabia y se
mascullaba un ansia signada por el odio y la venganza.
—Maldito asqueroso — pensaba
Aren—, y sentía hervir la sangre en su
cabeza y la expresión de sus ojos se endurecía recordando aquel maldito petimetre, deforme y regordete, que a lo lejos había visto
enfundado en su cota de malla y luciendo una capa que parecía servir para distraer
la atención o quizás hacerlo parecer más elegante, como si eso sirviera para
ganar un encuentro cuerpo a cuerpo.
En un momento dado, Aren dejó volar su
imaginación y soñó que estaba hundiendo su espada en la garganta del britano, con
las crecientes ganas de atravesarle la descubierta garganta para tajarle la
yugular y sentir el placer de verlo sangrar a borbollones en medio de
agonizantes espasmos.
—Eso no se quedaría así
—pensaba— Y más pronto que tarde, estarían reuniendo una partida mucho más
grande y estarían de regreso, masacrando britanos a diestra y siniestra;
aplastando a quienes se atrevieran a ponerse delante de sus armas, jurando ante
sus propios Dioses que serían exterminados sin la menor contemplación.
Y pasarían varios siglos
de continuas luchas, donde la venganza de los
guerreros vikingos continuaría siendo el pan de cada día y cada
compañero muerto sería reivindicado unas diez veces.
—No, no habíamos huido —pensaba
Aren Baardsson— Esta era una simple retirada para reagruparnos.
Pero volverían para
cobrar venganza; volverían para destruir sus villas; volverían para incendiar
sus casas; volverían para exterminar su religión que ya les parecía dolorosa y
vacía, y volverían para conquistar sus tierras, apropiarse de sus pertenencias
y aprovechar sus campos, que parecían muy fértiles, comparados con los de su
recordada Escandinavia. Ellos merecían esas tierras más que los britanos y las
iban a tomar por la fuerza.
En aquella época, el
pillaje, la piratería y la búsqueda de botines ganados en justa lid, eran casi
aceptables como parte de la cotidianidad y no eran considerados asuntos
reprobables o inmorales. Simplemente eran parte del acontecer de una época de
la historia marcada por las guerras y la muerte injustificada y quienes no
estuvieran en condición de defenderse, eran considerados unos miserables perdedores
que no merecían la conmiseración de sus semejantes y serían mal juzgados por su falta de coraje.

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