Poema: EL SABIO Y EL LOCO.



EL SABIO Y EL LOCO.
Por: Carlos Alberto Gómez Acuña

Estando ausente la luz de la sabiduría,
aquel supuesto sabio opacaba  la noche  más oscura,
la pintaba de negro porvenir sin horizonte,
la hacía vacía, ausente de  profundidades  del saber y de la ciencia,
y la presentaba sin esperanzas de rimas comprensibles,
y ellos se iban acostumbrando a sus gritos de silentes estridencias,
que se lanzaban estériles contra el vacío de una vida sin sentido...

Pero… ¿Quién se creía? ¿Un prohombre? ¿Un portento?
¿Un erudito de las ciencias, las letras y el saber?
¿Quién era en realidad ese notable confiado que se creía especial?
Quizás solo una imagen de supuesto  realismo…
Tal vez una falacia, un remedo de certezas imposibles…
 ¿Quizás  un figurín?

¡Sí! eso era… 
Un figurín que ofrecía pálidas respuestas materiales que parecían  certeras,
y  no era más que un  incipiente interprete de una vida corriente y cotidiana…
que no alcanzaba jamás las mínimas  profundas e insondables reflexiones
ontológicas,
sino solo simples respuestas con superfluas frases de cajón,
quizás emanadas de mediáticos y falsos imaginarios pensadores,  
provenientes del cajón de una máquina de electrónica visión,
que convencían sin mayores argumentos,
a los televidentes de escasa comprensión…

Y al otro lado de la acera, estaba él…
le decían el loco peregrino,
que se quedaba solitario, silencioso y apartado,
alejado de los círculos de  falsos comentarios
alejado de los temas supuestamente contundentes
que parecían  reales, sin llegar a serlo,
como lo era la inmediatista actualidad política  
y la falsa trascendencia de sucesos contingentes,
que cada veinticuatro horas llenaban  de basura
el espacio de las mentes extraviadas,
ocupadas en pensamientos cotidianos y fatales
y que solo creaban seres desadaptados a la propia trascendencia,
inmersos en una vida hueca, sin jamás llegar a tener profundas convicciones,
de lo verdadero y lo real de una existencia reflexiva.

Y desde el otro lado de la acera, lo señalaban y decían:
—Ahí va, ese es, un tipo raro… y quizás está algo loco…
Sí, un tipo raro, al quien  nada se le entiende…
Tal vez tocado por un exceso de profundas cosmológicas verdades,
o quizás pletórico de incomprensibles filosóficas certezas…

—Sí, —pensaban los más cuerdos—  es un tipo raro que al parecer no coordina sus palabras,
de acuerdo a la pobre capacidad de comprensión de los comunes,
quienes piensan que solo habla de cosas sin sentido, 
sin coherencia ni realidad palpable,
pero tal vez está más cuerdo que cualquiera…

Y otros más decían de él:
—Es que no entiende de política, ni tampoco le interesa,
pues no discute ni está con ninguno de los bandos…
además ni siquiera es creyente ni sigue los postulados de una iglesia,
y muy seguramente se irá a condenar en los infiernos
por su falta de fe, de fervor, de beatitud
y de la necesaria apostólica devoción acostumbrada…

Él no hacía caso a tan absurdos comentarios
ni siquiera volteaba a mirar a sus equivocados críticos,
simplemente continuaba su camino,
perdido en sus profundas reflexiones,
y ante tan simples y  equivocadas consideraciones, 
se alejaba solitario y melancólico… 


Carlos Alberto Gómez Acuña
 

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