Capítulo 2. Novela: SOL DE MEDIANOCHE EN REIKIAVIK
NOVELA
SOL
DE MEDIANOCHE
EN REIKIAVIK
Capítulo
2.
Una
tragedia inesperada.
Época
actual.
4:57 pm.
Manhattan
N.Y.
La ambulancia ya había partido e iba rauda por Madison Avenue, en dirección norte hacia el Mount Sinaí Hospital NY.
La ensordecedora sirena, apartando vehículos a lado
y lado, iba anunciando una tragedia inminente,
de no llegar a tiempo. Los otros conductores observaban las señales de angustia
y se apartaban del camino, cediendo el paso al cortejo.
Hacía un rato, estando en el Bajo Manhattan, justo
en el cruce entre la Liberty St. y la
Williams St., acabando de salir de su
oficina, en el primer piso del edificio donde quedaba el Consulado, esperando
que llegara el Uber que había
solicitado, la joven mujer sintió de
pronto, una nube en su mente y una sensación
de desorientación que se avecinaba, y todo a su alrededor se comenzó a zambullir
en un mundo de fantasía; sintió que se le iba el piso y que flotaba entre
algodones lentamente hacia la superficie de la acera. Ni siquiera alcanzó a
sentir el golpe contra el pavimento, ya estaba en coma.
Algunos desconcertados vecinos presentes, pudieron observar
cómo sorpresivamente esa desconocida mujer, caía inerte al piso. Solo la
reconoció una señora, era una de las aseadoras del edificio, quien dio la voz
de alarma a su oficina y llamó inmediatamente a la línea de emergencias, para
solicitar ayuda. Varios parroquianos se acercaron intentando ayudar de alguna
forma. Nueve minutos después ya había llegado la ambulancia; los paramédicos le
practicaron los primeros auxilios, un diagnóstico preliminar, colocaron los
instrumentos de monitoreo de los signos vitales y luego partieron con rumbo
norte.
Bastaron seis días para realizar el más completo cúmulo
de exámenes, incluida una tomografía del cerebro, descartando todos los
posibles diagnósticos alternativos. Luego ante la presencia de una masa
inquietante, realizaron una biopsia del tejido cerebral, la cual fue enviada a
patología, para llegar a una conclusión.
Dos médicos: uno neurocirujano y el otro oncólogo, se
reunieron con ella y sus familiares y traían un desalentador resultado. Tenía
un tumor canceroso en el cerebro, en la región occipital, del tamaño de una
pelota de golf, y clasificado como Multiforme
de Glioblastomas (Nivel IV), que es
de los más agresivos entre los tumores cerebrales primarios. No comprendían cómo
dicho cáncer había logrado pasar oculto y sin haber presentado síntomas más
visibles, dado el grado de avance y desarrollo del tumor. Las opciones eran
operar de inmediato con una muy baja probabilidad de éxito o esperar un resultado terminal para
los próximos tres a seis meses. Se decidieron por la primera, a riesgo de un
desenlace nefasto.
Estupefacto, con una sensación de vacío en sus entrañas,
ahora percibía como nunca, el sentimiento que llenaba de angustia su alma y
resentía la ausencia de algún familiar o amigo que lo acompañara en esos
momentos. Sentado en la salita de espera del cuarto piso donde quedaban
los quirófanos, en la sección de
neurología donde su esposa estaba siendo intervenida de urgencia, teniendo
presente una probabilidad del 50% de que la operación no fuera exitosa, aunque
se aferraba, a ese otro 50% de que todo fuera bien. Nunca en el pasado reciente
había vuelto a rezar, pero en ese momento entornaba su mirada hacia el interior
de su propia Conciencia, haciendo algo parecido a una oración, sin serlo, pero
dirigida a su propio Universo Interior, manifestando la confianza necesaria, para
mover los hilos del destino, hacia uno que fuera conveniente para el mejor
desenlace.
Algunas horas después.
El pitido pulsar del monitor cardíaco conectado a su
cuerpo, de pronto cambió de tono y se convirtió en un alarmante grito de sonido
constante, que definitivamente anunciaba su majestuoso paso hacia otras
dimensiones, quizás celestiales y tal vez más agradables. Había partido hacia
aquel ámbito desconocido para los humanos, que se encontraba detrás del velo
entre la vida y la muerte, y del que no se regresaba ya más.
La joven no pasó la prueba. El neurocirujano dijo que fue un paro cardiorrespiratorio del que no fue
posible recuperarla, por más que lo
intentaron.
En la bandeja de aluminio de la morgue del hospital,
una pequeña etiqueta colgada a su pie, anunciaba en forma escueta su nombre: Amanda
Krizman.
El sepelio se llevó a cabo en medio de una pertinaz
lluvia de finales de enero, en un día tristemente opaco, con un cielo turbio
que se les venía encima, como si los elementos naturales se hubieran percatado
del inmenso dolor sentido, y apesadumbrados, se hubieran manifestado también en
su amargura y desconsuelo.
Frente a su tumba, delante de todos los dolientes,
Bruce Merino leyó un texto a manera de epitafio, que había escrito, dedicado a
su esposa y que rezaba así:
TAL VEZ
NUNCA TE HAS IDO…
Hoy te
has ido…
pero
tal vez nunca te has ido…
al
menos no tan lejos…
tal vez
siempre has estado ahí… cerca…
y tal
vez siempre estarás ahí…
Y tal
vez siempre es y será siempre…
Ahora
alcanzo a percibir con certeza,
que el tiempo no es un concepto real sino
ficticio y emocional…
El
tiempo es una simple percepción relacionada
solo
con la dimensión terrenal…
y no
tiene que ver con lo que es un instante presente…
Si, un instante de eterno presente en un ahora
constante…
Si, un
eterno presente donde tal vez te encuentres tú…
Y sé
que la relación con las personas que amamos es eterna…
Y más
aún, la relación con las personas que creemos odiar,
también
es eterna, pues, por más complicado que lo queramos ver,
con
nuestra sesgada forma de ver la realidad,
esas
personas son parte nuestra…
están
en nuestro interior y son lo mismo que nosotros…
pertenecemos
al mismo caldo cuántico
que es unificado en una totalidad absoluta e indisoluble…
Si, hoy
te has ido…
pero lo que hay detrás de tus bellos ojos,
esa marca de fuego que ha incinerado mi alma,
nunca se ha
ido… nunca se irá… perdurará por siempre…
y
siempre estará dentro de mí,
pues
pertenece a mi Consciencia eterna e infinita…
y no es
posible que desaparezca…
Quiero
creer que esto es verdad,
y ese
pensamiento mitiga un poco el dolor de mi alma…
Si… tal
vez nunca te has ido…
Tal
vez…
Días antes, la triste
historia se había consumado, siendo aún más contundente, cuando los médicos le
comentaron a Bruce los resultados de la autopsia practicada al cadáver de su
amada… Nadie lo sabía hasta entonces,
pero llevaba tres meses de gestación de un nuevo ser en sus entrañas, el cual
también había fallecido en la cirugía.
Las últimas
palabras de Bruce en el sepelio fueron:
-
Si, quizás nunca te has ido,
simplemente
habrás partido hacia el paraíso
llevándote
contigo el mejor de mis anhelos…
nuestro
bebé…
pero,
sé que allá me esperas…
Si…
tal vez ya pronto nos veremos
en
esa dimensión superior,
Tal
vez…
Los siguientes días y semanas fueron duros, con la
cruel pesadez de un enorme fardo a cuestas que no permitía respirar; con el
dolor sensible, agazapado en cada rincón de la memoria, donde esperaba escondido, cual incógnito malhechor
que al recordarla, hería y golpeaba a su antojo, sin la menor contemplación…
Y se acabaron las lágrimas, y no quedó más que un
árido y desértico vacío en el lugar donde antes quedaba el corazón. En su mente
había una especie de paréntesis, de espera... sí, esa espera de algo que sirviera
de arranque, de reinicio, de volver a sentir que la vida continuaba; pero por
lo pronto, solo un vacío silencioso, un vacío que solo contenía la insistente quietud
de lo que ya estaba muerto, un vacío inerte, que por su propia inmovilidad
paralizante, era ya desesperante; como si el tiempo se hubiera detenido en su
interior y formara una nada compuesta de ilusiones ausentes de contenido y de
futuro.
El dolor era peor para los que se quedaban, los que
no podían partir hacia la dimensión de
lo eterno e infinito, los que tenían que
permanecer en esa cámara de solitario tormento y quizás solo lo entendían
aquellos que lo experimentaban; aquellos que en un momento dado entendían
perfectamente lo que significaba llegar a considerar la posibilidad de terminar sus días por su
propia mano… en el suicidio libertario, en el final de los finales; pero él
resistió la tortura con estoicismo…
Por esos días, a Bruce solo el trabajo y las
ocupaciones profesionales le permitían continuar respirando con alguna
dificultad; sin embargo, sentía que algo en su interior también había muerto, al
menos eso creía en esos primeros meses de duelo.

Comentarios
Publicar un comentario