Capitulo 24 - SOL DE MEDIANOCHE EN REIKIAVIK



Capítulo 24.
Una dura y nostálgica remembranza.


Dos meses más tarde… Diciembre época actual.
Manhattan N.Y.

Tinna había regresado a Reikiavik desde el mes anterior, para atender diversos asuntos personales.

La investigación sobre los Vikingos iba por muy buen camino, y Tinna y Bruce estaban planeando un posible viaje al sur del continente americano con el fin de recabar mayor información sobre la posible presencia de exploradores vikingos en Suramérica.

Habían pasado diez meses desde la trágica partida de su esposa Amanda y el corazón de Bruce aún estaba en recuperación.

Él en principio, siempre había sido un hombre pragmático y de mente concreta, pero, según dicen, a ese tipo de hombre se le hace todo un nudo la vida cuando tiene que enfrentar asuntos emocionales delicados y esto le sucedía a Bruce. En ocasiones sentía que estaba hecho un ovillo con su corazón y se le dificultaba adaptarse a la nueva situación de hombre viudo.    

Era el invierno de aquel año, en una noche febril y destemplada, como si el mismo Universo hubiera conspirado para crear mayores desafíos a sus menguadas fuerzas emocionales…

Esa noche soñó con ella... 

Esa inesperada noche de diciembre, había nevado tenuemente en Nueva York. Fue una noche de nostálgica añoranza, pues soñó con Amanda…  Un sueño vívido y totalmente real, como si el día anterior lo hubiera pasado junto a ella.

Al despertarse, en medio de la noche, sintió que se derrumbaban sus defensas y en la soledad de su apartamento lloró como nunca antes se había atrevido a hacerlo, lloró sin sentir vergüenza de sí mismo, Lloró como todo hombre tiene que llorar cuando se trata de mitigar en algo los dolores de su alma. Lloró desconsoladamente y dejó que corriera el sentimiento de su alma sin tener que medir el tiempo y sin permitirse el acostumbrado control a sus propias emociones; lloró largamente hasta quedar agotado.

Al día siguiente, se dirigió a la recordada zona de la  East End Avenue entre las calles 86 y 87 , en Yorkville, donde quedaba el apartamento que habían compartido durante varios años, y donde había sido tan feliz con su adorada Amanda.

Pasó la calle al parque de enfrente y se sentó en la misma banca que con tanta frecuencia habían compartido con Amanda en el Carl Shulz Park. Estaba solo, y ahora tenía clara conciencia que alguien irrecuperable se había ido… para siempre… para siempre… y tenía que aceptarlo.

El frío sol ya no alcanzaba a calentar el ambiente más que para dar una efímera ambientación de suavidad  nostálgica al paisaje del parque, ya cubierto su suelo de blanca nieve que tapizaba los senderos y veredas.

Sentado en la banca de siempre, perdida la mirada en la visión del tembloroso reflejo del paisaje, visible entre las suaves olas del espejo de agua del río Este de Manhattan, veía pasar los minutos, y frente a él, pasaban también las horas, los días y la vida entera…

Se decía a si mismo que ya no era momento de extrañar y que  todo era normal… excepto su alma. Todo era corriente, excepto la lánguida sensación de desamparo que consumía sus entrañas. Todo era aceptable, excepto la inminente muerte de sus ilusiones y la total indiferencia ante la falta de ganas de vivir que a veces sentía.
Al atardecer, al regresar a su apartamento, preparó un café, abrió las persianas y vio la nieve que nuevamente caía en suaves copos que lentamente cubrían las aceras. Ya casi llegaba la Nochebuena y en los corazones de las gentes, ya se  sentía vivo el espíritu de la navidad… Una ola de melancolía inundó su alma.

En ese momento llegaron atropelladamente las musas, y sintió la sensación viva que aparece con la inspiración literaria. Bruce se sentó en su escritorio, abrió el computador y comenzó a escribir:

SI ESTUVIERAS AQUÍ YO TE DIRÍA…

Si estuvieras aquí yo te diría,
que el discreto sentimiento sugestivo
de una sutil y cómplice añoranza,
es más elocuente y persuasivo,
que las más seductoras expresiones.

Si estuvieras aquí yo te diría, 
que ya casi omito las palabras,
en medio de los gritos silenciosos
de mis truncados y enmudecidos sueños.

Si estuvieras aquí yo te diría, 
que siempre percibo en mi interior profundo
un sentimiento puro y cristalino,
que solo las sombras de lo ignoto
logran concebir con transparencia.

Si estuvieras aquí yo te diría, 
de aquel algo sutil e inasequible 
que vibra en mi interior recóndito,
y que sale del fondo de mi alma,
 más allá de este mundo de apariencias.

Si estuvieras aquí yo te diría, 
que desde mucho antes de este tiempo,
desde aquella época de vidas ancestrales,
yo ya te percibía y te dibujaba etérea,
con miles de colores de esperanza,
o quizás una vana ilusión inalcanzable.

Si estuvieras aquí yo te diría, 
que en muchos de mis sueños y vigilias,
ya te advertía viva, jovial y divertida;
y también, en otras ocasiones,
te había descubierto entre sollozos,
triste, mustia y  melancólica.  

Si estuvieras aquí yo te diría,
que ese dejo de nostalgia y de tristeza
que adivinaba en tus ojos soñadores,
ya conmovían el centro de mi esencia.

Si estuvieras aquí yo te diría, 
que desde este silente sentimiento,
de nimias ilusiones imposibles, 
solo quedan las cautas miradas y señales,
siempre plenas de quimérica añoranza…

Si estuvieras aquí yo te diría, 
tantas cosas hermosas y fugaces
que anidan en mi alma vacilante
con vanas y fatuas esperanzas…                                                     
- O -

Ya casi no la recordaba… Los meses transcurrían sin pausa ni sosiego, ya no podía sostener la imagen de su rostro y el implacable tiempo borraba sin reserva sus facciones y así mismo, los recuerdos que hubiera tenido de su forma de ser, eran cada vez más difusos y sombríos, y eso le dolía. No encontraba sentido en el hecho de que todo hubiera  terminado en forma tan abrupta,  luego de varios años de amores y comprensiones, que no habían augurado para nada un final tan contundente. Pero si bien, el tiempo curaba las heridas, también era implacable a la hora de robar los sueños e ilusiones y solo quedaba una árida sensación de insondable vacío…

Pero ya era hora de dejar correr la vida y avanzar, aceptando lo que viniera sin reservas ni zozobras, debía continuar viviendo como fuera.

Atrás quedaba una historia inconclusa. Una verdad antigua, profunda y triste, que se volvería efímera con el paso del tiempo. Un nebuloso recuerdo de momentos felices ya idos, y un instante pasado que no se volvería a repetir, pues el tiempo por venir traería cosas nuevas, solo cosas nuevas.

Y tendría que obligarse a vivir…  de nuevo… Pero no sabía cómo… Tal vez más adelante lo sabría…






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Parrafo tomado del libro: RELATOS DE AMORES CLANDESTINOS. Por: Christian Schneider A.