Un cuento corto y triste:

Cuento:

LA CHICA DE LA PASARELA:
Por: Carlos Alberto Gómez Acuña  

Al dar un paso en falso su tobillo se torció, el tacón se quebró sobre la pasarela y sintió algo premonitorio en su alma.

Los zapatos de dos mil quinientos dólares, de la marca Christian Louboutin Maralena Flame, habían sido el éxito de la temporada, pero esto no incluía la satisfacción ni la felicidad de la modelo. Las dietas, ejercicios extenuantes y sacrificios de toda índole, minaban sus fuerzas. Se sentía un desastre, a pesar de su apariencia de perfección, así estuviera impecablemente maquillada e iluminada por los focos del escenario y con los objetivos de las cámaras sobre ella. Pero ya había decidido que ese iba a ser su último desfile en París.

Su apariencia perfecta de mujer segura y modelo intachable, contrastaba con la deficiente imagen que tenía de sí misma. Cuánto le faltaba para ser verdaderamente feliz, cuánto tenía que vivir todavía, entre sombras y brumas existenciales, antes de poder encontrar un camino claro o aunque fuera, un instante de confianza en su persona, o quizás una mínima y pírrica alegría con su existencia, y no tener que continuar con una apariencia falsa de perfección inexistente que le hacía sentir la futilidad de una vida perdida entre lo inhóspito de una semblanza fatua, construida por terceros para explotarla comercialmente y sin tener en cuenta su delicado interior que sufría con gritos silenciosos.  

No podía más; lo absurdo de la vida la arrinconaba contra una pared de malestar que se le antojaba oscura y maléfica, cual sombra de un mundo tétrico que la carcomía por dentro.
Ya había buscado ayuda profesional en un médico psiquiatra que le había diagnosticado una depresión crónica y le había recetado unas malditas pepas que la atontaban y con las cuales perdía buena parte de su identidad, y había decidido no continuar con dicho tratamiento que la dejaba desolada y vacía. Si es que estaba loca, por lo menos esa locura hacia parte de su personalidad compleja y turbia y no convertirse en un remedo de persona perdida entre la nebulosa de una incómoda mente adormilada y torpe.  No podía permitirse el lujo de ver morir su mente estando aún viva y mantenerse en un limbo entre la vida y la muerte, sintiendo la agonía terminal sin poder terminarla y matar lo único real que había en su mundo que era su mente, por torcida y deficiente que esta fuera, de algo le servía, aunque fuera para darse cuenta de la puerilidad de su existencia.

Prefería tal vez un suicidio verdadero y liberador para dar término a su presente angustia. Y así sucedió…
Una madrugada despertó sobresaltada por la sensación de estar en el filo de un abismo sin fondo, de donde no saldría jamás y el único camino de libertad era precisamente saltar hacia esa insondable oscuridad de incógnitas sin resolver y esperanzas sin certeza. Tal vez allá encontraría una luz o por lo menos la total oscuridad de una pacífica inexistencia final.

Se fue acercando lentamente hacia el borde, y luego dio el paso fatídico… y los linos flotantes de su amplio vestido volaron agitados en el viento que era soplado por la vertiginosa velocidad de una muerte segura, al ir a estrellarse contra el vacío de la nada…
Ah, y ahora por fin estaba en paz…                                       

FIN

Carlos Alberto Gómez Acuña.                                         

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