Capítulo 4: Novela: SOL DE MEDIANOCHE EN REIKIAVIK




Capítulo 4.
Sol de medianoche en Reikiavik.

Ocho meses después, época actual.
Reikiavik, Islandia

Era una noche fresca, casi cálida, pero él solo percibía la sensación gélida que dejaba en su alma la soledad. Respiraba con dificultad ese momento, extrañando la ausencia de quien fuera su esposa y mucho más, estando en un país muy bello, como lo era Islandia, con el exotismo de unos paisajes que parecían salidos de mundos de ilusión y fantasía, con parajes rocosos escarpados, vistas plenas de polar fauna marina, picos nevados tan altos que tocaban sin respeto a la puerta de la casa de los Dioses nórdicos; geiseres y cascadas de aguas turbulentas que atrapaban la mirada e hipnotizaban la mente y mares grises y azulados que recorrían lentamente los Icebergs que se desprendían de los eternos glaciales. Era la vista que se observaba en aquel país que quedaba un poco más al norte del fin del mundo, cerca de nunca jamás, y lejos de todos y de todo.

En ese instante él pensaba: — Cómo le hacía falta su presencia, pero ya era imposible, ya ni siquiera había lágrimas para llorar, ya estaba seco, con esa aflicción desgarradora que lo había acompañado hasta el fondo del abismo.  

Ya hacía ocho  meses que había fallecido en aquella trágica mañana, y era necesario dejar fluir la vida nuevamente, aunque eso pareciera tremendamente insuperable y complejo…   Todavía sentía un vacío inmenso en su alma, era algo así como un doloroso sentimiento de parálisis y levedad indiferente, estando inmerso en un limbo entre la existencia y la muerte en vida; la sensación de insignificancia hacia la vida, e incluso desinterés y despreocupación hacia la misma muerte.     

Respiraba, y el aire percibido era insuficiente, pues no alcanzaba para mitigar la asfixiante sensación de vacío en el alma, y menos aún, atenuar la sensación desoladora de su pálida ausencia, y lo que intentaba hacer era ir de hora en hora y de día en día, sumergiéndose obsesivamente en sus ocupaciones profesionales, en la meditación y la lectura.

Había llegado ese día a Reikjavik, y esa noche, dando un paseo por el centro de la ciudad, había llegado caminando lentamente por la via Sæbraut hasta la orilla, junto al muelle,  donde se exhibía la escultura del artista: Jon Gunnar Arnason, denominada Sólfar,  (Viajero del sol), con la cual se hacía reverencia al sol y al mar, lo que traía remembranzas de los ancestros vikingos de los pobladores de la isla, así el autor de la escultura no se lo hubiera propuesto, como él mismo decía.

Era la escultura Sólfar, la remembranza del barco de los sueños, una imagen de honra al sol, a la vida y a los más recónditos anhelos con la luz de la esperanza como punto de referencia para encontrar nuevos territorios por descubrir… el sueño eterno de los ancestrales vikingos.   

Bruce Merino, tenía sentimientos encontrados, pues a pesar de la melancolía que sentía, así mismo se encontraba gratamente impresionado por la belleza y particularidad del momento, observando el extraño sol nocturno, al igual que muchos turistas que por esa época llegaban al país.



Escultura: Solfar de Jon Gunnar Arnason en Reikiavik Islandia.

Fue en ese momento que se acordó del Principito de Antoine de Saint Exupéry cuando dijo: “—¿Sabes?... Cuando se  está tremendamente triste se aman las puestas de sol.”. 

Aquella noche de fresco verano, estaba presente un reluciente sol de medianoche, como un disco de oro colgado en un firmamento de ilusión, y encendiendo de vivos colores todo a su alrededor,  iluminando los corazones con luces contradictorias de esperanza y nostalgia. Un paisaje propio de las regiones septentrionales más extremas del planeta, tal como lo era la ciudad de Reikiavik en Islandia.
El horizonte lejano se iluminaba con una sorprendente paleta con destellos de colores de diferentes tonos de amarillos, ocres, terrosos y pajizos, mientras en el cenit, la penumbra de un oscuro azul profundo contrastaba misteriosamente, como si la noche tratara de insistir en cubrir el cielo de sombras, sin lograrlo, ante la presencia perturbadora e imponente de ese sol nocturnal.

Siendo las 11:45 pm, hora en que salen las ánimas en pena y también las hadas madrinas, ese sol de fantasía, daba una muy rara sensación de eufórica desorientación a quien  no estuviera acostumbrado a los soles de medianoche de las regiones polares, al igual que sucedía con la imponencia de los verdosos destellos de las auroras boreales en esas latitudes nórdicas, que evocaban sensaciones fantásticas de mundos de delirio en universos extraños y vividos, como los imaginados sueños, propios de un Steven Hawking.

Así mismo, resultaba curiosa una muy otoñal temperatura, en pleno verano, entre los 9 y 12 grados centígrados, lo que obligaba a usar algún tipo de abrigo liviano e imponía la sensación de una extraña primavera otoñal, en pleno verano.

Pensaba en ella con nostalgia: Cómo le hubiera gustado que estuviera ahí, justo en este instante, para contemplar esa noche de las mil maravillas.

Ese asombroso fenómeno de la naturaleza, mostraba que el sol no se ocultaba totalmente, sino que recorría el horizonte, en un largo movimiento ondulante, estando todo el tiempo visible, elevado en su apogeo hacia el  mediodía y descendiendo lentamente  en el transcurso de la tarde y noche, hasta alcanzar su punto más bajo, pero visible, hacia las 12 doce de la noche, y volviendo a elevarse nuevamente, hasta su punto máximo, al concluir la mañana, pero siempre allá, un poco lejano, inclinado y visible en el horizonte. Definitivamente un espectáculo curiosamente hermoso.

Por un instante, un pensamiento fugaz y absurdo pasó por la mente de Bruce: Diría que solo con el especial permiso de algunos de los grandes Dioses nórdicos: Odin, Thor, Balder, y Loki, se permitía la presencia de un espectáculo de tal magnitud, pues en esas regiones polares, gélidas y misteriosas, todo era posible dentro de la magia de lo incomprensible, y también alcanzó a pensar que tal vez los Vikingos tuvieran cierta razón en creer en sus Dioses, como los verdaderos Dioses… Comenzaba a sentir que se desvanecía poco a poco su fría capacidad de raciocinio y su tendencia a la lógica, a pesar de su tradicional mentalidad pragmática, y eso abría su mente y su corazón a nuevas y raras posibilidades.           

En la plazoleta del muelle de la Solfar, Bruce había reparado en una joven, que le llamó la atención; estaba con un grupo de amigas también contemplando el anochecer. Tenía un esbelto cuerpo atlético, y era ligeramente alta, de tez blanca de facciones finas y bellas, un pelo castaño claro con mechones dorados y grandes ojos claros color gris azulado. Tenía un lejano parecido con Amanda…

La joven llevaba unos jeans ajustados al cuerpo y un pullover de casimir rosado sobre una blusa blanca de encaje, que resaltaba delicadamente su feminidad. Sin pensarlo casi, ya sabía que su silueta era toda una remembranza a la perfección de una estatua griega exhibida en la Troya de la antigüedad, de alguien por quien tantas batallas se habrían librado. Podría ser una chica normal, simplemente bella como muchas en aquella ciudad, pero ella tenía algo que la hacía especial, una especie de halo de ternura y familiaridad que no lograba determinar con claridad, era algo que simplemente sentía sin siquiera conocerla, lo que de por sí, se le hacía raro.   

Por alguna razón, se le antojó pensar que de esos hermosos ojos, emanaba un destello de añoranza, tal vez matizada de nostalgia por algún recuerdo inconcluso y recóndito; era un pensamiento que de alguna forma lo afectaba instantáneamente. Pero no... No quería confundirse. No por ahora. Todavía no estaba preparado para el amor; aquello había sucedido muy recientemente, sólo habían transcurrido ocho escasos meses desde entonces.

Sin permitirse nada más que un pensamiento con una connotación estética, a Bruce  la chica le pareció bella y cercana,  pero, al percatarse que ella tal vez se había dado cuenta que la estaba mirando, desvió rápida y tímidamente la mirada, él sabía que no estaba en condiciones de involucrarse con nadie; al menos no por ahora.

Con la vista hacia otro lado, Bruce se quedó pensando que esta chica le recordaba a alguien conocida; algún furtivo recuerdo que no precisaba totalmente, pero que le dejaba una sensación de agradable inquietud. ¿Quién sería? ¿Cómo se llamaría?

Tinna Ólafurdóttir, presente en el sitio, en compañía de unas amigas, realmente no se percató que la estaban observando, también contemplaba el hermoso sol de medianoche pero su mente estaba muy lejos, en una época pretérita de antes de nuestro tiempo, obsesionada con una investigación que estaba desarrollando para la Facultad de Historia y Filosofía de la Háskóla Íslands,  (Universidad de Islandia), acerca de sus ancestros Vikingos en las planicies y la región de los grandes lagos de América del norte  y quizás en las montañas de los Andes suramericanos, setecientos años antes de la llegada de los españoles a América. 

Viendo en dirección al poniente, allá en el horizonte luminoso, entre fascinada y alucinada,  le pareció ver entre las nubes encendidas por el radiante sol nocturno, la imagen vaga de un indígena de Tiahanacu que la observaba con manifiesta tristeza y casi súplica. Esto la motivaba aún más a desentrañar la verdad contenida en esas antiguas y casi desconocidas gestas vikingas.



Comentarios

Entradas populares de este blog

Parrafo tomado del libro: RELATOS DE AMORES CLANDESTINOS. Por: Christian Schneider A.