Capítulo 3 - Novela: SOL DE MEDIANOCHE EN REIKIAVIK


Novela:
Sol de medianoche
en Reikiavik


Capítulo 3.
Amanda Krizman.


Tres años antes… Época actual.

Liubliana, Eslovenia.

Se llamaba Amanda Krizman… era una adorable joven de no más de treinta cinco años, pero con la simpatía y la alegría de una adolecente, llena de ilusiones por vivir  y con una radiante sonrisa que la hacía cercana y familiar a todos cuantos la conocían. Se hacía querer, simplemente se hacía querer casi sin proponérselo.

De nacionalidad eslovena, había emigrado a los Estados Unidos desde Liubljana la capital de Eslovenia, en compañía de su padre y hermano, hacía unos cinco años. Aunque hablaba el inglés fluidamente, con un raro acento de Europa oriental, su idioma materno era el esloveno y podría decirse que también el italiano, el cual hablaba perfectamente. Esta combinación compleja y dispar de un idioma eslavo y uno latino, se daba, teniendo en la cuenta que Eslovenia limitaba con la provincia italiana de Trieste, en la región de Friuli-Venecia, Julia. La familia de Amanda provenía de una región, al oeste de Eslovenia, justo en la frontera, una pequeña población llamada Sežana, en la región del Craso, a pocos kilómetros de la ciudad italiana de Trieste.

 El apellido familiar Krizman, era de origen croata donde se denominaba Kristijan, una derivación del griego Cristian, o seguidor de Cristo. Efectivamente la familia de Amanda era muy piadosa, algo que Amanda respetaba, aunque para ella esto no significaba mayor cosa, pues no era para nada una persona religiosa, aunque sí muy espiritual. Su padre, Aleksej Krizman, al igual que ella, espiritual y nada religioso, era un hombre culto, que se destacaba en el ámbito diplomático, con una gran carrera en este campo, y había sido nombrado cónsul de Eslovenia, con sede en Nueva York. Aleksej había tenido una activa participación en la llamada Guerra de los 10 días, luchando por la independencia de Eslovenia, en secesión de la antigua República de Yugoslavia, siendo uno de los signatarios del Acta de Independencia de la nueva República de Eslovenia. 

Amanda había estudiado su pregrado en Sociología en la facultad de Ciencias Sociales, de la  Universidad de  Ljubljana, y tenía un  Master en Relaciones Internacionales, de la misma Universidad.  Esto le permitió desempeñar un cargo de consultora internacional en el consulado de su país en Nueva York, al igual que su padre.

Allá se conocieron con Bruce...  

- O -

Manhattan, N.Y.

Algo en su voz le llamó poderosamente la atención en el momento de ordenar un Gyro griego, en un típico Food Truck callejero, frente al Museo de Arte Moderno de Manhattan N.Y. sobre la 90 W 53rd St, donde Bruce apresuradamente estaba intentando almorzar, a siete cuadras de su apartamento.

Aquel día Bruce no había alcanzado a desayunar en la mañana, por salir muy temprano de casa de sus padres, donde estaba de visita, hacia el aeropuerto de Manchester, New Hampshire, para tomar el vuelo hacia Nueva York, donde en la tarde tendría una reunión con una entidad financiera, con quienes estaba adelantado un programa de consultoría, y debía almorzar algo antes de entrar a la reunión, y solo se le ocurrió almorzar en la calle en uno de esos famosos y deliciosos Food Trucks de Gyros, de la ciudad.

La chica, elegantemente vestida con un abrigo de piel y su extraño acento casi indefinible, prácticamente lo había atropellado, empujándolo sin proponérselo y levantando la voz por encima de la suya, había hecho el pedido de un Gyro, ofreciéndole luego disculpas a Bruce por la impertinencia, con la excusa de tener que salir con urgencia para una reunión inmediata.

No sintiendo molestia en lo absoluto, estaba divertido con la situación y disfrutaba que la chica que era verdaderamente hermosa, tenía que dirigirse a él para excusarse, lo cual le permitía una pequeña y mínima oportunidad de comunicación. Además, eso que sintió en ese momento fue amor a primera vista; al menos eso fue lo que creyó, y la verdad, sí.

La chica del abrigo de piel, escasamente lo miró a los ojos para disculparse fugazmente y salir precipitadamente,  metiendo el gyro y una botella de agua en su bolso, para continuar y desaparecer entre los cientos de transeúntes.

— Lástima— pensó Bruce— ya se perdió de vista y no la volveré a ver…

Sin embargo, diecisiete días después, Bruce se encontraba en el counter de American Airlines, en el aeropuerto JFK, registrándose para un vuelo a Paris, entre un tumulto que alegaba airadamente con los empleados de la aerolínea por un retraso considerable en el vuelo, debido al mal tiempo, como si la aerolínea manejara el clima y tuviera la culpa.

En ese momento alguien tropezó torpemente enredándose con un equipaje en el piso y simultáneamente arrojó a las piernas de Bruce un maletín, una cartera y un portafolio de documentos, y se fue de bruces. 

En forma automática y sin pensarlo, Bruce se agachó para dar la mano y ayudar a levantar a la persona, mientras otros se encargaban de recogerle los maletines. Era una chica joven.

Sonrojada la chica lo miró a los ojos para agradecerle el gesto y nuevamente se estaban encontrando; Era la misma chica del abrigo de piel que lo había atropellado frente al Food Truck de gyros,  en Manhattan. Una inesperada coincidencia, encontrarse dos veces con la misma chica, en una ciudad con varios millones de habitantes.

Para mayor embarazo de ella, Bruce sonrió burlona e inquisitivamente con una expresión divertida y le soltó una perorata corta:

—Oye, querida, tú estás empeñada en golpearme, tirarme cosas encima y atravesarte en mi camino de la forma que sea. Hace unos días me empujaste y me quitaste de la mano un gyro,  y hoy, otra vez me empujas y me tiras encima tus maletines... ¿Hasta pensaría que estás intentando conquistarme de la forma más contundente?  Mejor te invito a un café ya que el vuelo está retrasado, e intentemos dirimir el problema, no sea que terminemos accidentados de verdad antes de conocernos y soltó una sonora carcajada.

La chica no tuvo menos que sonreír tímidamente ante la broma, y disculpándose, fue retirando suavemente su mano, que todavía tenía cogida Bruce.

Ella también estaba registrada para el vuelo a París y ante la demora y la invitación de Bruce, se fueron conversando juntos a una cafetería cercana.  Era la cafetería Juan Valdez, de la terminal 8 del counter de American Airlines en el aeropuerto JFK.

Esa fue la primera vez que pudieron departir.

—¿Y entonces te llamas Amanda Krizman?…— Inició la charla Bruce.

— ¿Y cómo lo sabes? No me vengas a decir ahora que eres mago…

— No, mago no… —respondía Bruce— con media sonrisa torcida en los labios. —Realmente soy naturalista y amigo de los animales con quienes hablo y un pajarito me dijo tu nombre…

— Qué va, no bromees, ¿cómo es que si acabamos de conocernos y ya sabes mi nombre, si no te lo he dicho?

— No, hablando en serio, realmente he alcanzado a ver tu nombre en el sticker  pegado a tu equipaje de mano… — dijo Bruce sonriendo.

¿Y a qué te dedicas Amanda?

—Trabajo en la embajada de mi país que es Eslovenia, y estoy encargada de un programa  de intercambio cultural como consultora internacional que soy.   ¿Y tú que haces?...  Pero antes, ¿Cuál es tu nombre?  Yo no tengo pajaritos que me den información confidencial.

Riendo le contestó:

—Me llamo Bruce Merino y trabajo en una empresa de consultoría para entidades financieras.

— ¿Y qué cargo desempeñas, en que consiste tu trabajo? —preguntó Amanda.

—Bueno, también tengo el cargo de Consultor Internacional como tú… Realmente soy socio de la empresa. Somos tres socios y nos repartimos las cuentas de la empresa, a mí me han tocado en suerte las empresas del sector financiero.

—Y tu viaje a París es de trabajo o de turismo? —preguntó Amanda. 

—No, ojala fuera de turismo, realmente tengo una reunión para un tema relacionado con una disputa entre dos empresas multinacionales enfrentadas por un asunto de negociación de acciones, y también está involucrado un banco americano. Es un tema algo complejo, pero espero que mañana podamos resolverlo. 

— ¿Y tú, por qué motivo viajas hoy? —preguntó Bruce.

—Bueno, —contestó Amanda— Estoy involucrada en un asunto de valoración de unas obras de arte que le estamos comprando a un coleccionista, con destino a un museo de mi país.  

Ah, qué bien, yo soy un amante del arte, los museos y la historia. —afirmaba Bruce.

Así, hablaron largo rato mientras llamaban a abordar el vuelo. Bruce estaba encantado con la chica, le encantaba sus facciones, algo exóticas, su forma de hablar, el curioso acento extranjero y su mirada profunda y clara como un diáfano sol tempranero. Ella por su parte, comenzaba a tomar confianza con ese hombre atractivo que parecía muy sincero, un hombre que era directo, la miraba a los ojos con una nitidez que le permitía observar hasta el fondo de su alma y le inspiraba una total confianza que la hacía sentirse muy cómoda con él.  

Posteriormente ya en el avión, habían quedado en sillas cercanas pero separadas; sin embargo, curiosamente el universo se confabulaba para que estuvieran juntos. Amanda  quedó sentada al lado de un chico de unos nueve años de edad, quien al parecer  viajaba solo, pero su madre, había quedado en otra silla una fila más atrás, junto a Bruce. Fue la señora quien tímidamente le solicitó la posibilidad de cambiar la silla con su hijo y  Bruce, muy gratamente sorprendido por el favorable pedido, accedió de buena gana, quedando sentado justo al lado de Amanda, para continuar la conversación iniciada en la cafetería.  

Al momento, tanto Bruce como Amanda se encontraban fuerte y gratamente  impresionados el uno con el otro, y continuaron la conversación, fraternizando en forma total.

Así se conocieron y hablaron durante siete horas, y se contaron detalles importantes y también detalles medianos e insignificantes de sus vidas.

Podría decirse que Bruce ya había logrado formarse una imagen muy favorable de Amanda en lo físico y en lo anímico.

El  la  percibía así: Una mujer en sus treinta y cinco; eso después lo supo, aunque revelaba menos de treinta; juvenil, de impecable semblante, contextura atlética, con esa belleza que hace voltear a mirar dos veces por que es inusual. Una expresión llena de vida, que anima con su sola actitud al interlocutor;  inteligente en su mirada y decidida en su accionar. Una chica con el pelo medianamente largo y muy bien cuidado, de color castaño claro con brillantes trazos dorados;  piel muy blanca y suave, con la tersura y delicadeza de un pétalo de rosa. Sus grandes ojos de largas pestañas de un indefinible gris claro verdoso, pero más gris que verde, definitivamente bellos y con una expresión risueña y alegre, que invitaba a sonreír en la primera impresión. De otra parte, en su comportamiento se manifestaba tranquila y pacífica y al comunicarse denotaba un carácter firme y de tono tranquilo, con esa serenidad que da la total confianza en sí misma. Era de pocas palabras, pero con Bruce dejaba a un lado esta característica y hablaba como nunca, tal vez por la confianza inmediata que le generaba Bruce, lo que la animaba a charlar extensamente.

Supo que Bruce Merino, era un hombre de negocios de profesión Ingeniero Industrial, con una especialización en finanzas y un MBA, que era socio de una importante empresa de consultoría que brindaba sus servicios a empresas del sector financiero y bancario. Sin embargo, ella notó algo más, detrás de esa manifiesta confianza de hombre de negocios exitoso, se alcanzaba a percibir a un ser sensible, abierto, y con la claridad de alguien que la invitaba a entrar en su vida sin reservas, con una calidez inmediata que la atraía y la hacía sentir que era su amiga desde siempre. Entrando más en confianza, en el curso de las horas, también notó que esa voz grave y varonil de Bruce, dejaba filtrar un carácter fuerte y ligeramente dominante, aunque presto a dirimir cualquier conflicto con sus allegados. 

Se contaron  muchas cosas de sus vidas, de las actividades laborales, de los estudios universitarios, de los hobbies, de las actividades extracurriculares, de los gustos en materia gastronómica,  de películas de cine, de sus viajes, y cuando les parecía que se iba a agotar el tema, nuevamente surgían los recuerdos y las anécdotas.

Estaba naciendo un vínculo de amistad muy fuerte, en esas pocas horas de conocerse y ambos tenían interés en prorrogar la experiencia y la compañía del otro. Se alojaron en habitaciones distintas, en el mismo hotel,  en el  InterContinental París Le Grand,  a pocos metros del Palacio de la Opera  Garnier, el cual se podía ver desde los balcones de ambas habitaciones, ya que estaban contiguas.

En la mañana, cada uno tenía su apretada agenda con reuniones que debían atender, y en la noche del segundo día, fueron a cenar en el  Restaurante La Paillote, una terraza en lo alto de las muy tradicionales Galerías La Fayette, muy cercanas al hotel, con una vista espectacular, desde donde se divisaba, el paisaje de los techos, las buhardillas y los altillos parisinos.

Amanda le comentaba a Bruce que justamente en esas típicas moradas, habitaban muchos de aquellos escritores, poetas,  pintores y artistas, quienes a través de la historia, habían dado rienda suelta a su creatividad, según fuera el apoyo de sus musas; sin embargo, al parecer, las musas parisinas eran bastante afables y cordiales y gustaban de apoyar irrestrictamente a los artistas, de ahí que París se destacaba como un importante centro de desarrollo de la cultura y el arte.

En ese ambiente idílico, entraron en temas más privados, Bruce le contó a Amanda de su complejo divorcio hacía cinco años; de sus dos hijos, ya adultos, uno de 22 y otro de 24 años; de su vida un poco solitaria y de sus inclinaciones por la lectura, la historia y el golf, y también le contó de sus padres, y de su familia en España. 

Amanda, ya con más confianza, también le comentó de su separación con su novio desde hacía tres años, con el cual no había querido casarse por cuanto este no le generaba la suficiente confianza como para apostarle a vivir el resto de sus días con él y sobrevino la ruptura ya que ella no estaba dispuesta a soportar sus infidelidades y excesivas libertades. Le contó que su madre había fallecido al momento del parto  y desde entonces siempre había estado bajo el entrañable y celoso cuidado de su padre, y siempre juntos, ahora trabajaban en el consulado de su país, Eslovenia; su padre como Cónsul y ella como consultora cultural.

Fue una semana completa en París, donde pudieron conocerse a fondo, pues todas las noches, después de sus labores, se encontraban para salir a cenar y departir como pareja y así se fue gestando una relación muy fraterna, donde la confianza se fue volviendo parte imprescindible de su relación.

Una vez regresaron a Nueva York, se siguieron viendo con mucha frecuencia y continuaron un entusiasta y cercano vínculo,  y los detalles más simples o los más relevantes, eran demostrados con la visible presencia del amor. Algunas semanas después dieron inicio a una relación más formal como novios, y poco tiempo después se presentaron ante sus respectivos familiares.

Se pusieron una cita en el Carmine's, un típico y acogedor restaurante italiano, situado en la 200 W y la 44th St, en el área de Times Square. Amanda le presentó a Bruce a su padre Aleksej y a su hermano menor de nombre: Branislav Krizman. Departieron largamente, contándose historias de sus vidas. Bruce, muy interesado en la historia de la Guerra de Secesión de la antigua Yugoslavia,  ponía especial atención a las anécdotas de Aleksej. Realmente congeniaron mucho con él y a partir de ahí, comenzó una larga relación que incluso perduró hasta mucho tiempo después del fallecimiento de Amanda.

Por esos días viajaron a New Hampshire, a la ciudad de Manchester, a visitar a Patricio y Marta, los padres de Bruce, quienes acogieron cálidamente a Amanda. Ella desde el primer instante de su presentación se hizo tomar un cariño inmediato e irrestricto por parte de los padres de Bruce.   

A los cuatro meses siguientes, se comprometieron y se fueron a vivir juntos en un hermoso apartamento al este de Central Park en la exclusiva zona de Yorkville, sobre la East End Avenue entre las calles 86 y 87 en el tercer piso de un antiguo y tradicional edificio remodelado en su interior, y con una típica fachada muy neoyorquina, y muy característica del siglo XIX, de ladrillos rojos, denominada Brownstone,  justo frente al  Carl Shulz Park, un hermoso parque donde se sentaban a conversar y meditar, cuando lo permitían sus múltiples compromisos profesionales, y gustaban hacerlo sobre todo en una época del año, cuando el exuberante follaje se llenaba de múltiples pinceladas dignas del más avezado pintor, inspirado por los tonos otoñales, con sus ocres, marrones, rojos encendidos  y brillantes anaranjados, como un  nostálgico preludio que anunciaba con frenesí, el próximo advenimiento del invierno.

Al año siguiente se casaron y fueron muy felices los siguientes tres años, e incluso ya hacían planes para encargar un bebé para la siguiente primavera…

Y fue cuando sobrevino la tragedia; era un gélido miércoles de finales de enero cuando falleció Amanda Krizman.






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Parrafo tomado del libro: RELATOS DE AMORES CLANDESTINOS. Por: Christian Schneider A.