Cuento: PROTASIO TAPASCO...





Cuento:
PROTACIO TAPASCO.

El día que lo mataron, nadie vio nada, nadie se enteró que lo habían matado y nadie encontró su cadáver. Una semana y media después, en una noche oscura y ausente de luna, un marginado social, un borracho vagabundo sin hogar ni vida propia, hurgando en un bote de basura cercana, sintió el olor fétido y entró en sospecha. Se adentró más en el callejón y lo vio. Tirado en el suelo, orinado, cagado, putrefacto, un rostro verdoso por el estado de descomposición y una mancha oscura alrededor de una puñaleta clavada en el pecho. Ahí estaba, encima de algo oscuro alrededor de su tronco que indicaba que había sido un charco de sangre sobre la que falleció en sus últimos estertores de muerte.   

En vida se llamaba Protacio Tapasco.

En su epitafio, simplemente quedó como NN. Nadie supo su nombre, nadie reclamó el cadáver y nadie echó de menos su ausencia. Sus huellas digitales no estaban registradas en ningún lado, pues al parecer habían sido borradas del archivo oficial.

Se llamaba Protacio, porque su madre alguna vez había oído, sin comprender, algo sobre los llamados protozoarios; no tenía ni idea qué quería decir, pero le pareció sonoro el nombre, más, siendo muy largo, lo cambió por Protacio, y su apellido real con el cual fue bautizado, era de origen brasilero con ancestros iraquíes, y era Kacá. Era el apellido de un fugaz padrastro, quien de mala gana había accedido a reconocer al bastardo; apellido que de todos modos a su madre le parecía feo y maloliente, y al momento de inscribirlo en la oficina de Registro Público de la Alcaldía, quiso cambiarlo, y habiendo visto un artículo en un periódico muy viejo, del siglo pasado, que encontró en la bohardilla de una casa en próxima demolición, y que hablaba de los indígenas Tapascos, se le ocurrió ponerle Tapasco y así quedó finalmente su apellido.

Era un hombrecito de pésimo aspecto, con una mirada lateral y dispersa, que no mostraba los ojos para no quedar en evidencia, y más bien denotaba a un tipo acomplejado, pero solo por aparentar que no sentía aquel odio turbio que abrigaba. Realmente era un mal nacido y por demás, de muy mala leche. Había estado en varias ocasiones en la cárcel por diversos delitos.

- O -

En una calle, en alguna parte, se había desarrollado una conversación del siguiente tenor:
— Bueno, ¿pero qué fue exactamente lo que dijo el maldito? — decía Rubén. — ¿Cómo se llamaba? ¿Trapecio, Trapesco?
 —No, el tipo se apellidaba Tapasco —decía Oscar —Dijo que usted era un bocón, un jetón y que la próxima vez que se encontrara con usted, le iba a reventar la cara, o algo peor. 
—¿Ah sí? pues el que va a salir reventado es él, y no solo reventado, le voy a patear el culo para que deje de dárselas de muy gallito… ¡qué tal el desgraciado!, encima de que la embarra con todo ¿y ahora el culpable soy yo?
­—Yo creo que él lo que tiene es miedo, miedo de que se sepa toda la verdad  — ripostaba Oscar — miedo de que se sepa cómo fue el robo y cómo fueron las circunstancias bajo las cuales salió mal herido aquel pobre marica que pasaba por ahí.
—Claro, —dijo Rubén— El desgraciado lo que tiene es pánico de que yo cuente toda la verdad a las autoridades y de esa forma se lo llevan a temperar un buen tiempo a la cárcel.
— Sí, el tipo tiene miedo de que lo encanen otra vez si usted canta.

Sin embargo, al tipo se le había desaparecido el miedo desde hacía mucho y en su reemplazo masticaba un odio enconado hacia quien significara un obstáculo en su camino.

Pasados tres días, siendo las cinco y cuarenta y cinco de la tarde, Rubén y Oscar se encontraban en el Parque Antonio Ricaurte, en la carrera octava con calle 15, al pie del lugar donde estaba erigida la estatua del paladín independentista Antonio Ricaurte, en Villa de Leyva, lugar de nacimiento del insigne prohombre.

Oscar dirigió la mirada hacia lo alto y vio la gallarda imagen del prócer recortada contra el azul celeste. Aquel había sido un día soleado y despejado y ahora comenzaba a refrescar. En ese momento, algo llegó volando a la mente de Oscar, alguna imagen idealista relacionada con el caudillo y las elucubraciones ocuparon su mente y pensó: “Había muerto con honor, “en átomos volando” y sería recordado por la historia como pocos en ese país, y no como muchos que habían vivido sin gloria y muerto sin recuerdos, embestidos por una violencia infame que ni siquiera daba tiempo a revisar las causas. 

Rubén, quien estaba en otro tema, lo devolvió a la realidad diciéndole:
—Oye Oscar, por esta misma carrera, pero dos cuadras más abajo, a la altura de la calle 13, está el Restaurante Darius, especializado en comida de mar de la mejor calidad; está un poco temprano, pero podemos tomar un trago allá y esperar a la hora de cenar, ¿le parece?
— Sí, claro, vamos allá— respondió Oscar.

No habían dado tres pasos y en ese instante apareció por la esquina sur oriente del parque, cual fantasma en pena, pálido y descompuesto como un muerto mal matado, caminando en sentido contrario a ellos; nervioso y decidido… 

Ellos no alcanzaron a reparar en ese hombre bajo, con ojos de fría hostilidad y aspecto pusilánime, que pasaba desapercibido.

En ese momento no mediaron palabra alguna, ni entre ellos, ni con el hombrecito. No cayeron en la cuenta que ya había desenfundado una 0,357 magnum, armada con balas 9 mm  tipo dum dum, capaces de tumbarle la cabeza completa, de uno solo disparo,  a un oso gris gigantesco de 2,95 metros de estatura, y 600 kilos de peso.

Sonaron dos aterradores estampidos casi simultáneos, que retumbaron en las paredes de las casas coloniales de la pequeña y pacífica población, mal acostumbrada a ese tipo de ruidos; y lo que parecían dos fuegos de artificio, salieron por la boca del arma, pero con intenciones asesinas.  

Dos cuerpos cayeron pesadamente al suelo entre sendos charcos de sangre caliente y oscura, que salía: la una, por un orificio limpio en el centro de la frente de Oscar, destrozando el cráneo por detrás, en un terrible impacto que salpicó de sesos sanguinolentos la acera; y la otra, por un hueco abierto debajo de la nariz, rompiendo el hueso vómer, partiendo en dos el rostro de Rubén y desfigurando totalmente la cara en un amasijo de sangre, esquirlas de hueso y piel desgarrada.  Lo reconocerían por el anillo con la fecha de la boda y el nombre de la novia.

En el pueblo nadie vio nada. Nunca se supo cuál había sido el móvil del crimen. Durante un tiempo continuarían las infructuosas investigaciones exhaustivas que, como de costumbre, no conducirían a ningún lado. Y el caso se archivó en la fiscalía. El asesino había sido Protacio y ya nadie lo sabría…

Protacio había nacido en una perdida población colombiana de la región del Magdalena Medio,  a orillas del río del mismo nombre. Era medio indígena por parte de madre, quien pertenecía a la tribu los “Yondúes”, los indígenas que con orgullo decían que habían fundado Yondó; y por parte de padre, medio blanco, descendiente de un jornalero mal aconsejado por sus truculentos amigos, en turbios negocios de contrabando y droga, que jugaba naipes todas las noches y que llegaba borracho a su casa, entrada la madrugada, a castigar a su mujer y sus hijos,  por una culpa que ellos eventualmente podrían tener, sobre la escasez y la mala suerte en sus vidas.

La niñez de Protacio se desarrolló entre algunos pocos momentos de felicidad otorgados por su abuela materna, sobre todo cuando, una vez al mes, preparaba los tamales y a escondidas, le guardaba uno para la noche, y de otra parte, los múltiples castigos y pelas con que su madre y su padre adornaban los terribles días de una niñez marcada por la escasez de cualquier clase de comodidad, o la imposible disponibilidad de siquiera un pedacito de carne una vez en la quincena.

La escasa comida que llegaba a su plato solo era un hecho concreto, en la medida en que su padre pudiera coronar cualquier patraña de mala espina, engañando a algún incauto, o cuando su madre recibiera alguna limosna por la labor de servicio doméstico en alguna casa de familia de clase media baja, que contrataba sus servicios pagando una miseria, muy por debajo de los parámetros de ley.

Un día, después de cumplidos los once años de edad, llegó la liberación. De pronto se encontró caminando por un sendero de montaña, cada vez más y más alto, y  cada paso le restaba aliento. Iba por un monte desconocido, con un uniforme militar que le quedaba tres tallas más grande, y que lograba mal acomodar apretándolo con una cabuya a su cintura, para evitar que se le cayera y quedar en cueros, pues ni siquiera le habían suministrado calzoncillos. Las botas, por el contrario, una talla menos que lo que su enorme pie necesitaba, le marcaban sangrientas ampollas; y por las tardes en los escasos descansos del trajín guerrillero, lograba poner un poco de emplasto de hierbas masticadas con saliva, a sus maltratados pies, como único posible y dudoso remedio para sus heridas.

Ni siquiera había sido su libre decisión el entrar a la guerrilla. Simplemente habían llegado al pueblo unos hombres armados con lo más sofisticado y moderno de las Kaláshnikov AK 47, que en escasos 60 segundos lo hubieran convertido en un colador con 600 agujeros. Llegaron con la orden de llevarse a cualquiera que pudiera caminar y que no ofreciera la suficiente resistencia, o de lo contrario, arrastrarlo a una muerte segura y sin derecho a discusión ni alegato alguno.

A los diecisiete ya era un curtido jefe de escuadra en la guerrilla, que ostentaba un satánico fulgor de fuego en sus ojos, intimidando a quien osara sostenerle la mirada. La primera vez que había asesinado a un hombre fue a su mejor amigo y compañero de campaña en la tropa, quien había sido condenado a muerte por los cabecillas, una vez juzgado por un robo menor; simplemente porque la noche anterior tenía hambre y había sustraído del economato, un paquete de galletas Festival. La orden de ejecución le fue circulada justamente a él, para comenzar a curtirlo en las artes de matar.  Poco después también le fue entregada la orden de ejecutar a su propia novia, por una condena de la cual ni siquiera tenía plena conciencia; simplemente tenía que asesinarla sin mediar discusión, ni preguntar el porqué, ni mostrar la menor traza de compasión.

Esta y muchas otras repugnantes situaciones hicieron que su alma, otrora limpia, ahora quedara marcada eternamente con una negra cicatriz de odio visceral hacia todo lo que consideraba despreciablemente humano.

Pasaron veintitrés años más. Ya había sido capturado, juzgado, encarcelado, liberado, vuelto a capturar, vuelto a juzgar, vuelto a encarcelar, escapado, recapturado y finalmente liberado, cuando por fin había llegado la tan anhelada paz al territorio. Ya los ecos de la guerra habían desaparecido y a pesar de los esfuerzos de unos cuantos por continuar la guerra, la lucha de clases, la discordia y la polarización mediática, podía decirse que ya se respiraba una pequeña paz mortecina y frágil.

Y fue cuando llegó el futuro insoslayable y la resolución de un universo que  marcaba un contundente e inevitable destino, cual si fuera la orden perentoria de un supuesto Dios que en un acto inmisericorde ejecutaba sin dudarlo una sentencia condenatoria.

Una noche, en un barrio de pésima categoría y peor olor, Protacio fue abordado por una pandilla de cinco chicos, en la penumbra de una calle perdida. Un muchacho con una franela con la imagen del Che Guevara en el pecho, lo conminó a entregarle el celular. Hizo el ademán de intentar sacar su arma y desde detrás de la primera fila de jóvenes salió disparada una puñaleta que quedó encajada en el centro del corazón, mucho antes de que pudiera siquiera alcanzar a tocar el arma que llevaba en la cintura a la espalda.

Murió en pocos minutos entre un solitario charco, en esa oscura callejuela, y sin más espectadores que unas expectantes ratas que al poco rato se acercaron a olisquear el cadáver, mirándose entre sí, como si estuvieran comentando algo acerca de la  locura que eran estos humanos, tan absurdos en sus actos como en sus propias vidas.

Quedó marcada su tumba con un lacónico epitafio ausente de palabras y de filosofía: Solo un NN  y nada más. Nadie supo su nombre, nadie reclamó el cadáver y nadie echó de menos su ausencia, y su cuerpo, cuando por fin lo encontraron una semana y media después, quedo olvidado en una fosa común.

Su madre nunca se enteró oficialmente de la muerte de su hijo. Hacia treinta años que no tenía noticias de él, y suponía que continuaba en la guerrilla; la maldita guerrilla que se lo había llevado. Sin embargo aquel día en que lo mataron, ella sintió una corazonada, una especie de desazón y le comentó a alguien: —Tengo la sensación de que hoy murió mi hijo, no sé por qué… hoy lo he recordado mucho; se llamaba Protacio y sobre todo lo recuerdo cuando niño… era un buen muchacho…
FIN


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Parrafo tomado del libro: RELATOS DE AMORES CLANDESTINOS. Por: Christian Schneider A.